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Vamos a orar. Padre celestial,
nosotros nos postramos delante de ti nuevamente. Queremos compartir
tu palabra. Queremos pedirte que tú vengas
en el poder de tu Espíritu Santo y tú bendigas esta predicación.
que tú apliques la palabra conforme a la necesidad de cada uno de
nosotros. Y esto te lo pedimos en el nombre
de Jesús. Amén. El tema que vamos a estar tratando
hoy es el poder y la compasión de Cristo para un mundo en crisis. Si hay algo que no podemos negar
es que la crisis que el mundo está viviendo con esto de la
pandemia, del coronavirus o el COVID-19. El Diccionario General
de la Lengua Española define una crisis como una situación
grave y decisiva que nos pone en peligro y realmente por las
cuarentenas que se han decretado, por las proyecciones que hay
con relación a esta enfermedad, estamos viviendo una crisis muy
profunda. Ha habido un cambio sumamente
traumático en la vida de las personas, porque muchos temen
enfermar, muchos temen que enfermen sus seres queridos o amigos,
están temiendo por su salud. Y esto ha presentado una situación
social bastante inestable y bastante peligrosa, tanto en el ámbito
político de los países, así como en lo económico y en lo militar. No es una noticia nueva si decimos
que vivimos en un mundo en crisis, en un mundo donde hay dolor y
sufrimiento. A través de las edades, a través
de los años, hemos visto guerras, actos terroristas, Enfermedades
como esta, como el ébola, como el sar, que nos han afectado
en diferentes situaciones, en diferentes momentos. Y todos
nosotros estamos ansiosos de tener paz. Qué triste lo que
estamos viviendo. Qué triste lo que vemos a nuestro
alrededor. Cuántas personas desesperanzadas,
cuánta debilidad. Existe. Este mundo necesita un
mensaje de poder y de esperanza para superar la desesperación
que está viviendo. Digo que necesita esperanza,
pero añado, necesita una verdadera esperanza, porque a través de
las edades los hombres han puesto su esperanza en otros hombres.
a través de los gobiernos y esto no han satisfecho sus expectativas
y sus necesidades o han puesto sus expectativas en sistemas
políticos que tampoco han satisfecho estas necesidades. Ha habido
falsas esperanzas porque no han podido resolver los problemas
fundamentales de las personas. Pero sobre todas las cosas, tenemos
el mayor enemigo que tarde o temprano todo ser humano va a tener que
enfrentar. Y este enemigo es la muerte. Todos nosotros hemos acompañado
a amigos, familiares, hemos estado junto a seres queridos que han
perdido otro ser querido. Hemos visto procesiones fúnebres. Hemos estado con esos amigos
y familiares acompañándolos en medio de su dolor. Pero lo único
que nosotros podemos hacer es dolernos con ellos, orar con
ellos, acompañarlos en ese momento de dolor. Pero no hay nada más
que podamos hacer. Pero hay uno, hay una persona
que sí puede ayudarnos. que tiene la compasión y el poder
para hacerlo. Y este es nuestro Señor Jesucristo. Nuestro Señor Jesucristo tiene
un mensaje de esperanza, tiene un mensaje de compasión, tiene
un mensaje de poder para este mundo que está en crisis. Y esto lo vemos ilustrado de
una manera preciosa en el Evangelio de Lucas, en el capítulo 7, de
los versículos 11 al 17. Y quiero pedirles que, por favor,
me acompañen allí. Dice así la palabra de Dios.
Aconteció después que él iba a la ciudad que se llama Naim,
e iban con él muchos de sus discípulos y una gran multitud. Cuando llegó
cerca de la puerta de la ciudad, de aquí que llevaban a enterrar
a un difunto, hijo único de su madre, la cual era viuda. Y había
con ella mucha gente de la ciudad. Y cuando el señor la vio, se
compadeció de ella y le dijo, no llores. Y acercándose, tocó
el féretro y los que lo llevaban se detuvieron. Y dijo, joven,
a ti te digo, levántate. Entonces incorporó el que había
muerto y comenzó a hablar. Y lo dio a su madre. Y todos
tuvieron miedo y glorificaban a Dios, diciendo, un gran profeta
se ha levantado entre nosotros. Y Dios ha visitado a su pueblo. Y se extendió la fama de él por
toda Judea y por toda la región de alrededor. Aquí tenemos, en
primer lugar, una situación de una desesperanza total. Se nos
dice que el señor iba a la ciudad que se llama Naim, e iban con
él muchos de sus discípulos y una gran multitud. Y cuando llegan
cerca de la puerta de la ciudad, es aquí que llevaban a enterrar
a un difunto, y oigan bien, hijo único de su madre, la cual era
viuda y había con ella mucha gente de la ciudad. El Señor
viene con un grupo de personas entrando a la ciudad y hay otro
grupo de personas saliendo en este sepelio. Allí se juntan
dos grupos. Uno que va saliendo sin esperanza,
llorando, con la madre desconsolada al frente de ese cortejo fúnebre. Y esos cortejos fúnebres iban
precedidos, iban adelante los plañideros, aquellos que eran
profesionales, que iban llorando, que iban lamentándose. Imagínense
esta situación que encuentran ellos cuando van entrando. Y
esto nos enseña la tristeza de lo que el pecado ha hecho en
el mundo. Todos los funerales son tristes,
pero es difícil imaginar un funeral más triste que un hombre joven
que ha muerto, que es el hijo único de su madre, la cual era
viuda. Esta es una escena desgarradora. Una madre que ha perdido a su
único hijo y no podía hacer nada para traerlo a la vida, como
nosotros tampoco podemos hacerlo. Cada vez que nosotros veamos
una escena de tanto dolor y aflicción, Debemos recordar que toda esta
aflicción, toda esta tristeza fue introducida en el mundo por
el pecado. Porque en el principio no fue
así. Porque en Génesis 1.31 nos dice que luego que Dios acabó
su creación, y Dios vio todo lo que había hecho, y es aquí
que era bueno en gran manera. Pero nos dicen romanos 5.12 que,
por tanto, tal como el pecado entró en el mundo por un hombre
y la muerte por el pecado, así también la muerte se extendió
a todos los hombres por cuanto todos pecaron. La causa de toda
enfermedad, de toda tristeza, de toda dolor, de toda debilidad,
de toda pobreza, es fruto del pecado que hay en el mundo, el
pecado que cometieron nuestros primeros padres. Pero dijimos
que a la puerta de la ciudad se juntaron dos grupos, uno que
salía en tristeza y otro grupo que iba entrando gozoso, siguiendo
al Señor, quien había estado realizando milagros. Qué gran
contraste entre esas dos multitudes. Dondequiera que el Señor está
ausente, hay desesperanza ante la muerte. Pero dondequiera que
el Señor está presente, hay esperanza. Y viendo estos dos grupos que
se reúnen, se juntan en la puerta de la ciudad, nos preguntamos,
¿eso fue casualidad o eso estuvo decretado por Dios? ¿Fue parte
de su providencia que el Señor Jesucristo llegara con ese grupo
de personas a la puerta de la ciudad en ese momento, en el
preciso momento que el cortejo fúnebre estaba saliendo? ¿Era una coincidencia o era la
mano de Dios obrando? Las Escrituras nos enseñan que
los hechos y circunstancias que ocurren en nuestras vidas no
son simples coincidencias, sino que son fruto de la providencia
de Dios obrando en nuestras vidas. Dios está en control de todas
las cosas. Y en la Biblia vemos casos donde
Dios mueve diferentes situaciones para juntar a personas o a grupos
en un lugar específico con una meta específica. Ruth la Moabita
se nos dice que salió al campo a espigar temprano en la mañana
a recoger algunas espigas que quedaban de la cosecha. Y resulta que Ruth fue al campo
que pertenecía a Boaz. Y Boaz llegó a ser su esposo,
aunque en ese momento ella no sabía que estaba yendo al campo
de Boaz y no sabía lo que Dios en su providencia iba a hacer
en la vida de Boaz y en la vida de ella para que allí se conocieran. Dios obra en su providencia. de esa manera. Por ejemplo, cuando
los judíos que querían matar al apóstol Pablo se complotaron
y dijeron que iban a estar sin comer y sin beber hasta que mataran
al apóstol Pablo, ellos tenían ese complot. Pero resulta que
un sobrino del apóstol Pablo oyó acerca de ese complot y fue
y se lo dijo allí. Y la vida del apóstol Pablo pudo
haber sido preservada, así también ese cortejo fúnebre que está
saliendo de la puerta de la ciudad y llegando Jesucristo con el
otro grupo estaba dentro de la providencia de Dios. ¿Por qué
decimos esto? Porque es bueno que tú entiendas
que todas las cosas que ocurren en tu vida, todas las cosas que
están ocurriendo no son fruto del azar, sino vienen de la mano
de Dios con un propósito específico, forman parte del plan eterno,
sabio, soberano, inmutable y eficaz de Dios. Mira lo que dice la
palabra de Dios. en este sentido. Salmo 135, 6. Todo cuanto el Señor quiere,
lo hace. En los cielos y en la tierra,
en los mares y en los abismos. Todo lo que el Señor quiere Él
lo lleva a cabo. En Proverbios, capítulo 19, versículo
21, se nos dice, muchos son los planes en el corazón del hombre,
mas el consejo del Señor permanecerá. Y dice la nueva traducción viviente,
puedes hacer todos los planes que quieras, pero el propósito
del Señor prevalecerá. Nabucodonosor dijo que Dios es
un Dios que tiene un dominio eterno, que su reino permanece
de generación en generación, que todos los habitantes de la
tierra son considerados como nada delante de él. Que Él actúa
conforme a su voluntad en el ejército del cielo y entre los
habitantes de la tierra. Que nadie puede detener su mano
y decirle, ¿qué haces? Entonces, este encuentro no fue
una casualidad. Dios estaba orquestándolo todo
en la vida de esa viuda, en medio de esa situación, para hacerles
bien, así como lo está orquestando en tu vida. De esa manera. El Evangelio, las buenas nuevas
de salvación, son un mensaje de esperanza para un mundo que
se encuentra en crisis. Esa mujer iba a enterrar a su
hijo en una situación de desesperanza total. Pero en segundo lugar,
en medio de esa situación, vemos la compasión de Jesucristo. En el versículo 13 se nos dice,
al verla, el Señor tuvo compasión de ella y le dijo, no llores. Y acercando se tocó el féretro. Y los que lo llevaban se detuvieron. Y Jesús dijo, joven, a ti te
digo, levántate. El que había muerto se incorporó
y comenzó a hablar. Y Jesús se lo entregó. a su madre. El Señor llega, la
ve en esa situación, tiene compasión de ella, le dice, no llore. Él la vio, lo más seguro, encabezando
ese cortejo fúnebre. Y tuvo compasión, o sea que su
corazón fue movido dentro de sí. Él vio la miseria, él vio
el sufrimiento en el cual se encontraba esa mujer. Y él experimentó
ese dolor que ella estaba experimentando junto con ella. Él estuvo con
miseración. Ese es el corazón de nuestro
Señor Jesucristo. Esa es la compasión que Él nos
manifiesta. Dolor al ver que esa mujer había
perdido su hijo. El fruto de sus entrañas, el
fruto de su vientre. También el ver que al ser su
único hijo, él era la única fuente de sostén y protección que esa
mujer tenía para el futuro. Que se había perdido La esperanza
también de perpetuar la línea familiar. Y él ve a esa mujer
llorosa y él va en su ayuda. Él se puso en la piel de ella. Esa es la compasión. Ese es el
corazón de nuestro Señor Jesucristo. Muchas veces la compasión que
nosotros los hombres manifestamos es fingida, no es genuina. Queremos
dar la apariencia, muchas veces, cuando vamos a dar un pésame,
que nos estamos doliendo con la persona que está sufriendo.
Pero muchas veces lo hacemos para cumplir, para cumplir socialmente
con esa persona, pero realmente no nos identificamos con ellos
en su dolor y en su aflicción. Nuestro Señor Jesucristo no es
así. Él se compadece de una manera
real. Él tiene una compasión genuina
y profunda. El Señor Jesucristo se preocupa
por aquellos que están enfermos. Se preocupa, o sea, se compadece,
en el sentido que estamos viendo, por los afligidos. por los que
están trabajados y cargados, por los pobres y los hambrientos,
por aquellos que se pierdan. Y eso nos enseña a nosotros que
la pena, las tristezas, el sufrimiento, los pesares de nuestros son los
pesares de Cristo mismo. Y Él tiene esa compasión porque
Él nos ama profundamente. Él es afectado por la miseria
de los demás. Vayan conmigo a Isaías capítulo
53, versículo 4. En este versículo se nos dice,
ciertamente llevó él nuestras enfermedades y sufrió nuestros
dolores. Él llevó o cargó sobre sí mismo
lo que era nuestro. el peso de nuestra culpa, la
deuda de nuestro pecado. Él no llevó sobre sí sus propios
pesares y sus propias transgresiones porque nuestro Señor Jesucristo
era sin pecado, sino que Él llevó, Él cargó nuestras transgresiones
como si fueran suyas. Él sufrió el justo por los injustos
para llevarnos a Dios. Cuando estuvo en la tierra, experimentó
ese tipo de compasión. Pero ahora está en los cielos.
Ahora él está sentado a la diestra del Dios Todopoderoso. Y ahora está en los cielos, intercediendo
por nosotros. Él no es un salvador estoico
que no se duele, que es indiferente ante los problemas de las personas,
ante los problemas de sus hijos, no. Él se duele y se compadece
de nuestra situación. Por eso él es un varón de dolores. Por eso él se identifica con
esa mujer viuda. Por eso se identifica con esa
mujer que ha perdido a su único hijo. Porque él sentía el dolor
de ella. Y el ver la compasión de Cristo
nos da esperanza. Porque cuando estamos en tristeza,
en aflicción, en situaciones como esta, que tenemos temor
a enfermarnos, tenemos temor a la muerte o que fallezca algún
ser querido, familiar, hermano o amigo. Esas aflicciones nos
desesperan y pensamos que nadie entiende lo que estamos pasando
Pero es bueno que tú sepas que el Señor Jesucristo sí entiende
a plenitud lo que tú estás pasando. Él entiende tus luchas. Él entiende
tus temores. Él se compadece de ti. Él se
compadece de mí y viene en nuestro auxilio. Si vamos a Hebreos,
capítulo 2, versículos 17 y 18, se nos dice, por lo cual debía
ser en todo semejante a sus hermanos. ¿Para qué? Para venir a ser misericordioso
y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar
los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció
siendo tentado, óyeme bien, es poderoso para socorrer a aquellos
que han sido tentados. Al experimentar la tentación,
nuestro Señor Jesucristo puede entender a plenitud lo que nosotros
experimentamos cuando somos tentados, aunque Él era sin pecado, pero
Él puede identificarse con nosotros. Por eso nos dice más adelante
en Hebreos capítulo 4 versículo 15, porque no tenemos un sumo
sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino uno
que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado. El Señor Jesucristo experimentó
hambre cuando fue tentado por Satanás en el desierto. El Señor
Jesucristo tuvo sed y le pidió agua a la mujer samaritana. Experimentó el cansancio cuando
se durmió en medio de una tormenta en el mar de Galilea. con pena
y con tristeza y dolor, lloró frente a la tumba de su amigo
Lázaro. Nuestro Señor fue perseguido,
fue rechazado, fue maltratado, fue incomprendido por las personas. Por eso, Él es poderoso para
socorrer a aquellos que son tentados. Y el saber que hay alguien que
se compadece de nosotros, eso nos da un rayo de esperanza. Hay alguien que me entiende.
Hay alguien que sabe lo que yo estoy pasando. Hay alguien que
me cuida y alguien que me socorre. Y por eso dice en el versículo
13, al verla, tuvo compasión de ella y le dijo, no llores. Son palabras raras. Porque decirle
a una mujer que es viuda, que ha perdido a su único hijo, hijo
de sus entrañas, Como una madre ama a su hijo, que ha perdido
la fuente también de su sustento y de perpetuación de la línea
familiar, parece algo insensible. Pero Cristo sí podía ser algo
en medio de la situación de ella. Él está diciendo, no llores.
En otras palabras, él está diciendo, mírame a mí. Yo puedo hacer algo
para aliviar tu tristeza. Yo puedo hacer algo para aliviar
tu desesperanza. ¿Y qué hace el Señor? Versículo 14, y acercándose,
tocó el féretro, y los que lo llevaban se detuvieron. Y Jesús
dijo, joven, a ti te digo, levántate. El que había muerto se incorporó
y comenzó a hablar. Y Jesús se lo entregó a su madre. ¿Qué hemos visto hasta aquí?
una persona, esa viuda de Naín que estaba en una situación de
desesperanza total por la muerte de su hijo. Hemos visto cómo
el Señor Jesucristo se compadece de ella y le da a ella esperanza
a través de su compasión y nos da a nosotros, en este mundo
en crisis, esperanza en medio de esa compasión. Pero también
el Señor Jesucristo le da esperanza a través de su poder omnipotente. Él se acerca, él toca el féretro,
los que lo llevan se detienen. Ese féretro no era un ataúd,
porque en ese tiempo se utilizaba una especie de estera donde se
ponían los cadáveres, los cadáveres que iban a ser enterrados. Y
el Señor le dice, joven, a ti te digo, levántate. Y el que
había muerto se incorporó y empezó a hablar. Es como dice un comentarista,
Jesús reclamó para sí al que la muerte había sido como su
presa. Óyeme bien, Jesús reclamó para
sí aquel que la muerte ya tenía sido como su presa. El Señor
Jesucristo es todopoderoso, por eso tenemos confianza en Él,
por eso podemos tener esperanza. Porque el Señor Jesucristo no
es solamente el Señor de la vida, es también el Señor de la muerte,
porque Él ha vencido a la muerte, Él triunfó sobre el sepulcro
y ha prometido que porque Él vive, todos nosotros los que
creamos en Él también viviremos. Él trajo a la vida a ese joven
que estaba muerto. Había allí un cadáver que estaba
frío, inmóvil, inerte. Y en un abrir y cerrar de ojos,
el corazón, los pulmones, el cerebro, los sentidos de este
joven volvieron a funcionar. Joven, a ti te digo, levántate. Aquella era la voz poderosa de
Cristo en acción. Y dice que ese muerto se incorporó
y empezó a hablar. dio evidencias de vida, se sentó
y habló cuando momentos antes estaba yaciendo en una estera,
en un ataúd y ahora le fue fácil sentarse. Y dice la palabra que
Jesús lo entregó a su madre. Allí hubo una reunión madre e
hijo, donde las lágrimas de desesperanza y tristeza fueron cambiadas por
lágrimas de gozo. Cristo, con su poder, nos da
esperanza en este mundo en crisis. Asimismo como Cristo levantó
a esa persona muerta, así en el día final nos levantará Dice
el apóstol Juan en el capítulo 5, versículos 28 y 29. No os
admiréis de esto, porque viene la hora en que todos los que
están en los sepulcros oirán su voz y saldrán. Pero mira lo
que dice, los que hicieron lo bueno a resurrección de vida.
Los que hicieron los buenos, aquellos que confiaron en Cristo
para salvación. Aquellos que se arrepintieron
de sus pecados y fueron a sus pies confesándoles como el Salvador
y Señor de su vida. Pero aquellos que practicaron
lo malo, aquellos que dieron la espalda, aquellos que no quisieron
recibir a Cristo, irán a resurrección de juicio. Todos tendremos que
comparecer ante el tribunal de Cristo y todos seremos juzgados
conforme a nuestras obras, pero nosotros, por nosotros mismos,
no hay ninguna obra que podamos hacer para agradar a Dios. Por eso, tenemos que refugiarnos
confiando en Cristo para salvación. Porque Él hizo la obra perfecta,
llevó una vida de perfecta obediencia que agradó a Dios. Hizo un sacrificio
por nuestros pecados en la cruz del Calvario, de manera que todo
aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Pero esto nos lleva, al ver este
cuadro, a hacernos otra pregunta. ¿Qué hizo esa mujer para que
Cristo resucitara a su hijo? ¿Qué méritos tenía? Ninguno. Eso fue fruto de la gracia de
Dios. Ella recibió el favor inmerecido
de Dios. Nadie le dijo al Señor que fuera
y resucitara al hijo de la viuda. como es el caso del centurión,
donde las personas fueron a Cristo diciéndole que sanara al siervo
del centurión. Nadie fue donde el Señor a decirle,
esta mujer es digna, porque nadie es digno de llegar a la presencia
de Dios, como dijimos, por su sobra. Ella no pidió auxilio. Ella no estaba esperando este
auxilio de parte de Dios. No hay ninguna evidencia de fe
en la vida de ella. Solo se describe que llevaba
a enterrar a su hijo. Tampoco había nada en ese joven
que estaba muerto. que ameritara este milagro, sino
que todo esto fue el fruto de la gracia y la misericordia de
Dios. Ese es el Evangelio. Por eso
hay esperanza. Todo por gracia, no por obras
para que nadie se gloríe. Por eso el mensaje del Evangelio
nos da esperanza cuando nos dice en Efesios 2.5, pero Dios, que
es rico en misericordia por su gran amor con que nos amó, aún
estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo. Por gracia sois salvos. Y juntamente
con él nos resucitó y así mismo nos hizo sentar en los lugares
celestiales con Cristo Jesús para mostrar en los siglos venideros
las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con
nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia sois salvos
por medio de la fe. Ustedes ven por gracia un don
inmerecido de Dios. Un regalo por medio de la fe. Y esto no de vosotros, pues es
un don de Dios. No por obras para que nadie se
gloríe. Ese es el evangelio. Esa es la
obra de Cristo. Eso fue lo que Él hizo por nosotros. Cuando estábamos muertos en delitos
y pecados, en su gracia, él nos dio vida. ¿Qué hemos visto hasta
aquí? Esa situación desesperada de
esa viuda, la compasión de Cristo ante el dolor de ella. En tercer
lugar, hemos visto el poder de Cristo al resucitar a su hijo. Pero en cuarto lugar, debemos
ver también que esa esperanza viene a través de su palabra. Fíjense que él le dijo al joven,
joven, a ti te digo, levántate. Las veces que el Señor hizo milagros,
aquí resucita esa persona muerta, él lo hace hablándole. ¿Tú sabes
por qué? Porque su palabra da vida a los
muertos. Su palabra da vida a los muertos,
porque hay poder en la palabra de Dios. Dice Hebreos, capítulo
4, versículo 12, porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más
cortante que toda espada de dos filos, y penetra hasta partir
el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los
pensamientos y las intenciones del corazón. La palabra es viva
y eficaz. La palabra trabaja en las mentes
y corazones de las personas de manera que los controla. La palabra
gobierna nuestros pensamientos. La palabra produce ciertos frutos
en nuestras vidas. Y el poder de esa palabra nos
da esperanza. Nos da esperanza porque es capaz
de traer cambio a nuestra situación de desesperanza. Así como ese
joven no podía hacer nada porque estaba muerto, sí lo pudo hacer
en respuesta a la palabra de Dios. Y así todos aquellos que
están muertos en delitos y pecados pueden responder instantáneamente
y recibir una vida nueva cuando el Señor les habla a través de
su bendito evangelio, cuando el Señor nos habla a través de
su palabra. Y eso nos enseña que si queremos
traer esperanza a este mundo, si queremos traer esperanza a
la vida de nuestros hijos, de nuestros amigos, de nuestros
familiares. Debemos compartir con ellos la
palabra de Dios y exhortarlo para que ellos lean y estudien
esta palabra, que memoricen esa palabra, porque solo ella, óyeme
bien, solo la palabra de Dios tiene el poder para levantar
a los muertos espirituales. Y cuando estamos predicando la
palabra, Estamos trayendo vida a aquellas personas que están
muertas espiritualmente. Déjenme ilustrarlo de la siguiente
manera. Gaylord Kambarami fue el secretario
general de la Sociedad Bíblica de Zimbabwe en África. Una vez
estaba en una conferencia y le ofreció una Biblia a una persona
que estaba allí. La persona a quien él le ofreció
la Biblia le dijo, mire, si usted me regala esa Biblia, yo voy
a utilizar las páginas de la misma para envolver el tabaco
de mis cigarrillos. El señor Karambami le dijo, bueno,
está bien, pero yo quiero que tú me prometas una cosa, que
cada vez que tú arranques una página para envolver tus cigarrillos,
tú leas esa página antes de fumártela. Y este hombre le dijo que sí,
yo lo voy a hacer de esa manera. 15 años más tarde, este señor
Karambami estaba en una conferencia sentado, y el conferencista se
vuelve donde él. Y le dice, usted no me recuerda,
pero hace 15 años usted me regaló un Nuevo Testamento. Yo le dije
que iba a utilizar las páginas de esa Biblia, de ese Nuevo Testamento,
para envolver el tabaco de mis cigarrillos. Y usted me hizo
hacer el compromiso de leer cada página antes de fumármela. Así que me fumé Mateo. Me fumé
el Evangelio de Marcos y el Evangelio de Lucas y parte del Evangelio
de Juan. Pero cuando llegué y leí el texto
de Juan 3.16 que dice, porque de tal manera amó Dios al mundo
que ha dado a su hijo unigénito para que todo aquel que en él
cree no se pierda más tenga vida eterna. A partir de ahí, ya yo
no pude fumarme una página más. ¿Usted sabe por qué? Porque mi
vida cambió. Porque Dios me llamó a salvación
y ahora estoy predicando la palabra de Dios a tiempo completo. Nosotros tenemos palabras de
esperanza en la escritura, pero debemos hacerle llegar esas palabras
de esperanza a aquellas personas que están llenas de temor, como
decíamos al principio, que temen contraer el coronavirus, que
temen morir, que temen enfermarse, que están llenos de temor por
lo que van a enfrentar en los próximos meses o en los próximos
años. Y dice la palabra también. que
la resurrección del hijo de la viuda tuvo efectos poderosos
en las personas que estaban allí. Vayan conmigo al versículo 16.
Dice, y todos tuvieron miedo y glorificaban a Dios diciendo,
un gran profeta se ha levantado entre nosotros y Dios ha visitado
a su pueblo. tuvieron temor, tuvieron una
sensación de reverencia ante lo que había sucedido. Y fueron
y glorificaron a Dios, reconociendo y diciendo, un gran profeta se
ha levantado entre nosotros, reconociendo que Dios había visitado
a su pueblo. Y esto nos enseña que dondequiera
que nuestro Señor Jesucristo imparte vida a pecadores muertos,
habrá efectos poderosos. Óyeme bien, efectos poderosos
en los observadores. Y esto lo tenemos aquí para que
nos sirva de ejemplo. Esto nos enseña En primer lugar,
que nunca sabemos cómo Dios va a utilizar la predicación de
la palabra para impartir vida a un pecador a través de nuestro
testimonio. Y esto nos debe llevar a aprovechar
cada oportunidad que se nos presenta para predicar el Evangelio a
aquellos que están muertos espiritualmente. Cristo entró a esa ciudad en
el preciso momento en que llevaban a enterrar a este joven. Y allí le dio vida. Por lo tanto,
nosotros debemos predicar esta palabra a tiempo y fuera de tiempo. Pero también aquí aprendemos
cómo en Cristo tenemos esperanza en medio de dolor. ¿Qué es el
dolor de la muerte? ¿Por qué tenemos tanto temor
a morir? ¿Por qué reaccionamos con tanto
dolor y tanta tristeza ante la muerte de un ser querido? Esto
es porque la muerte significa separación. Significa que en
esta tierra ya no vamos a poder disfrutar más de tener ese ser
querido a nuestro lado. Pero es bueno que sepas que Jesucristo
tiene el poder para remover el aguijón de la muerte. Él vio
la muerte cara a cara y venció. Y Él asegura que todos aquellos
que hemos creído en Él también la venceremos. Y es verdad que
nuestros seres queridos que han muerto no volverán a nosotros
en esta vida, pero podemos estar seguros que si han creído en
Cristo para salvación, nos reuniremos en el cielo. La muerte es inevitable. Este joven que fue revivido,
que fue resucitado, volvió a morir. Y si no entregó su vida a Cristo
como su Salvador, fue camino a una condenación eterna. Pero
si creyó en Cristo para salvación, ahora está en la presencia de
Dios. Yo no sé cuál es tu situación.
Yo no sé cuáles son tus temores. Pero Cristo te dice, en medio
de esta situación, a la luz de esta ilustración, de este pasaje
que estamos estudiando, no temas, confía en mí. Él quiere que tú
vayas del temor a la fe. Porque Él tiene la compasión
y el poder para darnos esperanza en medio de este mundo que está
en crisis. Es el único que puede calmar
tus temores. Te repito que es el único que
venció la muerte y está hoy sentado a la diestra de Dios intercediendo
por nosotros. Y Él es quien ha preparado morada
para nosotros. Él le dice a los apóstoles, no
se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también
en mí. En la casa de mi padre muchas
moradas hay. Si así no fuera, yo os lo hubiera
dicho, voy pues a preparar lugar para vosotros. Y si me voy y
os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo para
que donde yo esté, vosotros también. estéis. Tú y yo, todos los seres humanos,
algún día tendremos que enfrentar la muerte. Por eso debemos prepararnos
desde ahora para ese tiempo. Por eso debemos buscar de Dios. Hay un camino nuevo y vivo a
través de Jesucristo. Él es Dios y Él se compadece
de nosotros, como hemos visto. Él tiene el poder y Él nos da
la esperanza para enfrentar cualquier cosa que se presente en nuestras
vidas. Y eso debe llevarnos, en tercer
lugar, a apropiarnos de ese evangelio, a no darnos por vencido. Una
vez, el ministro Winston Churchill fue invitado a la Universidad
de Oxford. Y él llegó allí. Y cuando iba
a empezar a hablar, puso su sombrero, su sombrero, su cigarro que lo
caracterizaba, y su bastón en el podio. Y con su calma, le
dice a los alumnos allí, nunca te des por vencido. Y se quedó
callado. Luego de varios segundos, dijo
lo mismo, nunca te des por vencido. Y se quedó callado. Y luego,
por tercera vez, dijo, nunca te des por vencido. Luego de
eso se produjo un gran silencio en el auditorio. Churchill tomó
su sombrero, su cigarro y su bastón y calmadamente se bajó
de la plataforma y se retiró. Su discurso había terminado. Y esto nos enseña, mis hermanos,
que nosotros no debemos darnos por vencidos, no importa lo que
enfrentemos en esta vida. Este es un mundo en crisis. Este
es un mundo donde hay todo tipo de problemas. Muertes, enfermedades,
como hemos dicho, problemas emocionales, problemas físicos, problemas
de personas con adicciones a las drogas, al alcohol, personas
con enfermedades terminales, personas que están fracasadas,
débiles, apáticas, derrotadas, con sus corazones rotos. Vivimos
en un mundo de pecado y vamos a tener que confrontar esto continuamente,
como decíamos al principio, pero en Cristo. Hay compasión. En Cristo hay poder. En Cristo
hay esperanza para seguir adelante en medio de un mundo en crisis.
Es verdad que hay pecado, pero también está la resurrección
de los muertos. Y para nosotros, los creyentes,
esa transformación ya empezó. Entonces nosotros no podemos
darnos por vencidos porque nuestra victoria es segura. Y aquel que
empezó en nosotros la buena obra la perfeccionará en el día de
Jesucristo. Al principio decíamos que ese
día en la puerta de la ciudad se juntaron dos grupos de personas,
unos que iban tristes sin esperanza a enterrar a su muerto y otros
que llegaban allí gozosos porque habían estado con el Señor Jesucristo. Ese día en la puerta de la ciudad
se juntaron la vida y la muerte. Pero como hemos dicho, Cristo
venció la muerte. Ese postrero enemigo fue vencido
porque él fue crucificado, fue sepultado, pero al tercer día
resucitó glorioso y ascendió y hoy está sentado a la diestra
de Dios. Por eso Pablo dice en 1 Corintios
15, ¿Dónde está o muerte tu aguijón? ¿Dónde o sepulcro tu victoria?
Ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del
pecado la ley. Mas gracias sean dadas a Dios,
que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.
Así que, hermanos míos, estad firmes y constantes creciendo
en la obra del Señor, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor
no es en vano. Y mi pregunta para finalizar
es la siguiente. ¿En qué grupo estás tú? Si tú
has confiado en Cristo para salvación, tienes esperanza. Vas camino
a la ciudad celestial. Pero si no has confiado en Cristo
para salvación, si quieres seguir en tus propios caminos, vas camino
a una condenación eterna. En Juan, capítulo 3, versículo
36, se nos dice, el que cree en el Hijo tiene vida eterna. Pero el que no obedece al Hijo
no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él. Tú estás vivo físicamente, pero
muerto espiritualmente. Y tú necesitas ir a los pies
de Cristo en arrepentimiento y fe para ser levantado desde
los muertos. Dice la palabra en Juan 5, 24.
En verdad, en verdad os digo, dice el Señor, El que oye mi
palabra y cree al que me envió tiene vida eterna y no viene
a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida. Yo empecé este
mensaje diciendo que el mundo en que vivimos necesita desesperadamente
un mensaje de esperanza que lo lleve a vencer la desesperanza. pero al mismo tiempo un mensaje
poderoso para vencer nuestras debilidades y así poder vencer
nuestro postrer enemigo que es la muerte. Y hemos visto que
Cristo tiene la compasión y el poder para darnos esperanza,
para darnos poder en un mundo que está en crisis para nosotros
seguir adelante, glorificando su nombre, exaltándolo sobre
todo, hasta el día que estemos en su presencia. Y eso es lo
que este mundo necesita, la compasión y el poder de Cristo para llenarse
de esperanza. Vamos a orar. Padre, gracias por Jesucristo.
Gracias por la obra que Él realizó por nosotros en la Cruz del Calvario.
Gracias por su compasión. Gracias por su poder. Gracias
porque Él nos llena de esperanza. Nosotros no sabemos qué nos traerá
el mañana, pero estamos seguros que si estamos en Cristo estamos
asegurados, que si estamos en Cristo somos más que vencedores.
En nuestra oración, Señor, que tu Espíritu Santo aplique esta
verdad a nuestros corazones. De manera, oh Señor, que estemos
confiados en nuestro peregrinar por esta tierra hasta el día
que estemos en tu presencia. Señor, bendícenos, bendice a
tu pueblo. Te lo suplicamos en el nombre
de Cristo Jesús. Amén.
El poder y la compasión de Cristo para un mundo en crisis
Uno de los mayores efectos de la pandemia del Covid 19 (Coronavirus) ha sido el temor generado en la mayoría de las personas. Tememos por la situación económica, social, política, por nuestra salud y le tememos al peor enemigo: la muerte. Este mundo necesita un mensaje de esperanza y poder para superar la desesperación y la inquietud que se ha generado. El Señor Jesucristo es el único que tiene el poder, la compasión y la esperanza para este mundo en crisis.
| Sermon ID | 45201725556279 |
| Duration | 47:48 |
| Date | |
| Category | Sunday Service |
| Bible Text | Luke 7:11-17 |
| Language | Spanish |
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