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libros imprimidos en los Estados
Unidos en los años 1800, y fue escrito por un hombre que se
llama Nathaniel Hawthorne, y se llama La Letra Escarlata. A lo mejor algunos de ustedes
han escuchado ese libro, ha llegado a ser muy famoso. Cuenta la historia. Fue escrito en los años 1800,
pero la historia supuestamente llegó a cumplirse en los años
1700. Es una historia de ficción. Habla de una mujer que en ese
tiempo en los Estados Unidos, en el lugar que se llama Massachusetts,
donde está ahora mi hermano, en los años 1700, en algunos
de los lugares, los puritanos, los cristianos de ese tiempo
se llamaban puritanos, estaban en control de mucho de lo que
llamamos hoy en día Nueva Inglaterra. Y en ese entonces, Tenían leyes
muy estrictas en contra de la inmoralidad y en contra de muchas
otras cosas. Había una mujer que había cometido
adulterio y había tenido un niño. Ella no quería decir y nadie
sabía quién era el padre del niño, quien había hecho el pecado
con ella. Pero ponen allí en su ropa una
letra A por el adulterio y dicen que tienen que llevar esa letra
grande por el resto de su vida. Y fue una muestra a todos los
que miraron a esa señora que había cometido el adulterio.
para avergonzarla y para animar a otros a no hacer la misma cosa.
Y en la cultura nuestra, en América, ha llegado a ser un dicho que
está llevando una letra escarlata que significa básicamente la
culpabilidad, la vergüenza que viene con el pecado. Ahí en la
historia, al final de la historia, se da cuenta que en verdad el
hombre era un pastor, un líder, y al final él se confiesa y muera,
pero muestra en su pecho que había una letra escarlata en
su pecho, como de Dios. No se dice la Biblia, no se dice
el libro de donde vino, pero nos muestra la verdad de que
muchos, muchos de nosotros reconocemos las consecuencias del pecado.
Y una de las consecuencias más grandes es la vergüenza. Ese
sentido de culpabilidad, porque sabemos que somos pecadores. Sabemos que hemos quebrantado
la ley de Dios. Y aunque no llevamos una letra
escarlata física sobre nosotros, nosotros nos sentimos así. Y muchos, como ese pastor en
la historia, queremos esconderlo y queremos pensar, o nadie más
sabe de mi vergüenza. Pero Dios sabe. Y aunque otros
no sepan, Dios sabe de todo lo que hemos hecho. Y nos trae vergüenza. Y eso es lo que vemos en Génesis
capítulo 3, que una de las consecuencias del pecado es la vergüenza. Ese sentido de culpabilidad que
viene con el pecado. Y vemos que la única respuesta
para esa vergüenza, esa culpabilidad, es la sangre de Cristo. No hay
otra cosa que podamos hacer para esconderla, para ignorarla. La única manera para resolucionar
ese problema de la vergüenza, de la culpabilidad por el pecado,
es un sacrificio, el sacrificio de Cristo. Y vamos a ver esta
noche, empezando aquí en Énesis 3, versículo 6, el versículo
que leímos la semana pasada. Dice, y vio la mujer que el árbol
era bueno para comer. y que era agradable a los ojos,
y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría. Y tomó de su fruto,
y comió, y dio también a su marido, el cual comió así como ella.
Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que
estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera,
y se hicieron delantales. Vemos aquí varias diferentes
cosas. Es interesante que lo que el diablo prometió se cumplió. Si recuerdan, en el versículo
cinco dice el diablo a Eva, sino que sabe Dios que el día que
comáis de él serán abiertos vuestros ojos. Y eso es exactamente lo
que pasó. Fueron abiertos sus ojos. Eso
es lo que dice en versículo siete. Entonces fueron abiertos los
ojos. Pero el diablo dijo que siendo
abiertos los ojos van a ser como Dios. Y promete que ellos van
a estar en control de sus vidas. Ellos van a estar alegres y contentos
y satisfechos porque ya han tomado de Dios su lugar y ya sus ojos
están abiertos y ya ellos pueden hacer lo que ellos quieren hacer.
Y fueron abiertos sus ojos, pero no llegaron a tener gozo o satisfacción. llegaron a tener vergüenza. Y es interesante que dice que
reconocieron que estaban desnudos, entonces cosieron hojas de higuera
y se hicieron delantales. Pero en el siglo veinticinco
del capítulo dos, si miren atrás a dos veinticinco, después que
Dios crea al hombre y crea la mujer y trae la mujer al hombre
y están ahí en el huerto y se unen en un en el primer matrimonio,
dicen capítulo dos versículo veinticinco y estaban ambos desnudos,
Adán y su mujer y no se avergonzaba. Qué había cambiado? Estaban desnudos
antes y no tenían vergüenza, pero ya tienen vergüenza de su
desnudez. ¿Por qué? Porque ya saben que
son sucios. Ya se sienten la suciedad. Hay
una historia muy famosa que escribió el gran escritor inglés Shakespeare,
que se llama Macbeth. En esa historia hay una mujer
que quiere que su esposo llegue a ser rey y anima a su esposo
a matar al rey. Y después esa mujer ya llega
a tener lo que ella quería, llega a ser la reina, pero anda por
el castillo siempre lavando sus manos. Por qué? Porque dicen
no puedo quitar la sangre, no puedo quitar la sangre y termina
quitando su vida. Por qué? Porque esa culpabilidad
no se puede lavar. Quiere esconderla, pero todavía
está ahí. Antes eran puros, eran inocentes,
no tienen nada que esconder. Por qué? Porque no tenían nada
en su conciencia. Pero al rechazar el plan de Dios,
al escuchar la mentira del diablo, rechazar a Dios y pecar y estará
satisfecho, en control de su vida, gozoso. Serán abiertos
sus ojos y son abiertos, pero no para satisfacción o para gozo,
sino para un peso de culpabilidad, de vergüenza. Y ya se dan cuenta
que son desnudos y ya tratan de cumplirse a ellos mismos.
y dicen Yo puedo cubrir mi propio pecado, yo puedo esconderme. Y piensan que ellos ya puedo,
pueden cubrir su propio pecado, pero no lo pueden hacer. Versículo
8 dice Oyeron la voz de Jehová, Dios que se paseaba en el huerto. Al aire del día y el hombre y
su mujer se escondieron de la presencia de Jehová, Dios entre
los árboles del huerto. Ya en vez de gozarse de comunión
con Dios, en vez de gozarse con andar con Dios y escuchar su
voz y sentir su presencia y comer de todos los otros árboles del
huerto y disfrutar de todos los bienes que Dios les había dado,
ya se esconden. Traten de cubrir su pecado. Reconocen
su desnudez. Ya están llenos de vergüenza,
de culpabilidad. ¿Por qué? Porque han escuchado
la mentira del diablo. Comes y serás como Dios. Y es mentira. Pero entendemos
aquí algo muy importante. Tenemos que reconocer que es
verdad que somos culpables. Y tenemos que sentir esa culpabilidad,
esa vergüenza que viene con el pecado. Muchos hoy en día tratan
de esconder esa vergüenza y muchos, lastimosamente, la palabra dice
que aún han cauterizado, han quemado sus conciencias hasta
el punto que ya no pueden sentir vergüenza por su pecado. Y como
dicen otros pasajes, se glorían en lo que debe ser su vergüenza.
Y vemos eso por todos lados hoy en día. Personas que están gloriándose
en cosas que deben tener vergüenza de hacer. Pero todos nosotros
necesitamos sentir esa vergüenza por nuestro pecado, sentir esa
culpabilidad. Uno de mis libros favoritos se
llama El Valle de la Visión y fue escrito por varios puritanos. Muchas veces, como en ese libro,
se pinta a los puritanos como personas que se crían muy santos
y juzgaban a todos los otros. Pero si en verdad leas lo que
han escrito los puritanos, fue todo lo opuesto. Ellos fueron
las personas que más vieron su propio pecado. Y si déjame leer,
son muchas oraciones que oraron, y una de las oraciones se titula
El corazón que he randado. Y dice, oh Señor, no ha pasado
un día de mi vida en que no haya demostrado ser culpable a tus
ojos. He orado sin tener un espíritu
de oración. Te he adorado sin alabanza. Mis mejores servicios no son
sino trapos de inmundicia. Bendito Jesús, permíteme que
me cubra con tus heridas apaciguadoras. Aunque mis pecados se elevan
al cielo, tus méritos los sobrevuelan. Aunque mi falta de rectitud me
arrastra al infierno, tu rectitud me exalta hasta tu trono. Todo
lo que hay en mí exige mi rechazo. Todo lo que hay en ti demanda
mi aceptación. Apelo desde el trono de la justicia
perfecta a tu trono de gracia ilimitada. Concédeme oír tu voz
tranquilizadora, que por tus heridas soy sanado, que fuiste
herido por mis iniquidades, que fuiste hecho pecado por mí, que
podría ser recto en ti, que mis graves pecados, mis muchos pecados
han sido perdonados. sepultados en el océano de tu
sangre encubridora. Soy culpable, pero estoy perdonado. Estoy perdido, pero salvado. Me he extraviado, pero me han
hallado. Cometo pecados, pero me los han
limpiado. Dame un quebranto del corazón
continuo. Haz que me aferre siempre a tu
cruz. Anega cada uno de mis momentos
con gracia de lo alto. Ábreme las fuentes del conocimiento
divino, resplandecientes como el cristal, que fluyan limpias
y puras por el desierto de mi vida. Así debe ser nuestra actitud
al pecar. No decir no, no es una gran cosa. Todos lo hacen. No reconocer
nuestra culpabilidad. Reconocer que somos viles pecadores,
que merecemos el infierno, que merecemos el rechazo del Señor.
No merecemos estar en la presencia del Señor. Somos sucios. Tenemos
un peso de pecado sobre nuestros hombros y no merecemos nada de
Dios, sino su su juicio. Pero gracias a Dios, al que no
hizo pecado, se hizo pecado por nosotros, para que nosotros pudiéramos
ser hechos la justicia de Dios en él. Como dice Isaías 53, él
llevó nuestras iniquidades. Gracias a Dios que Él nos salva. Como estamos memorizando en Mateo
5, dice en versículo 3, Bienaventurados los pobres en espíritu, los que
reconocen, yo no tengo nada para ofrecer al Señor. ¿Por qué? Porque de ellos es el reino de
los cielos. Bienaventurados los que lloran,
que son quebrantados por su pecado. ¿Por qué? Porque ellos recibirán
consolación. Dice lo mismo en Santiago. Hablando a los pecadores, dicen
en Santiago, capítulo 4, y dice en versículo 8, acercaos
a Dios. y Él se acercará a vosotros.
Pecadores, limpiad las manos, y vosotros los de doble ánimo,
purificad vuestros corazones. Afligíos, y lamentad, y llorad. Vuestra risa se convierta en
lloro, y vuestro gozo en tristeza. Humillaos delante del Señor,
y Él os exaltará. La primera cosa que vemos aquí
es que tenemos que sentir el peso increíble de nuestra sociedad. En nuestro mundo tomamos el pecado
muy en ligero. Pensamos, bueno, todos lo hacen,
no es una gran cosa, pero tenemos que reconocer que sí es una gran
cosa. Es algo que debe hacernos sentir
culpables y debe traer vergüenza. Es algo terrible en los ojos
de Dios. Pero gracias a Dios hay perdón
en Cristo. En la sangre de Cristo hay limpieza. Pero tenemos que sentir el peso
increíble de su suciedad. Eso es lo que pasó con Adán y
Eva. Ellos reconocieron que eran sucios. Por eso se escondieron
de Dios. Por eso cubrieron su cuerpo. Porque ellos reconocieron su
pecado. Pero sigue en versículo 9, regresando
a Genesis 3, no solamente tenemos que sentir el peso increíble
de nuestra sociedad, pero versículo 9 dice más Jehová. Dios llamó
al hombre y le dijo. Dónde estás tú? No sabía Dios
dónde estaban. Estaban escondiéndose tan tan
bien que Dios no sabía dónde estaban. Claro que no. Dios sabía exactamente dónde
estaba. Entonces, ¿por qué pregunta dónde estás tú? Bueno, por la
misma razón que un padre que ya ha mirado a su hijo de dos
años de edad a agarrar las galletas, que acaba de decirles que no
deben tocar las galletas y comer las galletas. Y ahí en su cara
tiene chocolate por todos lados y todavía está tragando los últimos
tragos de esa galleta. Y hay pedacitos de galleta por
todos lados. Y viene al hijo y dice. Dónde
están las galletas? El padre no sabe dónde están
las galletas. Claro, sabe. Pero ¿qué está haciendo? Está
dando al niño una oportunidad para reconciliarse, para confesar
su pecado, para buscar perdón. Y eso es lo que Dios está haciendo
con Adán y Eva. Él está extendiendo su mano de
perdón a ellos. Él está iniciando su deseo de
reconciliarse con ellos. Dios fácilmente podría solamente
en ese momento haberlo matado. Es decir, ya pecaste, ya no hay
oportunidad. Él fácilmente podría haber dejado
a los hombres a su pecado y dejado completamente de comunicarse
con ellos. Pero en su misericordia, en su
amor, busca a las mismas personas que acaban de ignorar sus deseos
de pecar en contra de ti, aunque él había dado a ellos todo. Versículo
10 y él respondió, oí tu voz en el huerto y tuve miedo porque
estaba desnudo y me escondí. Es otra vez, el pecado siempre
nos hace necios. Igual como ese niño que está
comiendo todavía su galleta y está por todos lados en su cara. No
sé dónde está la galleta. A lo mejor mi hermano lo tomó,
verdad? Y Adán dice Bueno, es que tuve miedo porque estaba
desnudo. Siempre has estado desnudo, Adán.
Cada día de tu vida estabas desnudo. Entonces por qué ahora quieres
esconderte? La excusa es ridícula, pero él
otra vez se siente su pecado. Y quiere esconderse, igual como
ese niño no lo hace abierto, va a su cuarto, empieza a comer
a solas, verdad? Igual mi perro muchas veces cuando
agarra algo que no debe tener, siempre corra para afuera y se
esconde en un lugar para comerlo. Por qué? Porque él sabe que está
haciendo algo malo y eso es lo que Adán está haciendo. Está
escondiéndose. Pero dice versículo 11, y Dios le dijo, ¿Quién te
enseñó que estabas desnudo? Otra vez preguntas. Una buena
lección para nosotros cuando estamos hablando con personas,
especialmente si estás disciplinando a tus hijos o a otras personas. Preguntas son de mucha ayuda.
En vez de acusaciones, hacer preguntas. Porque dicen que las
preguntas levantan la conciencia, tocan la conciencia. Acusaciones
nos hacen defendernos. Pero qué dice? Dice Quién te
enseñó que estabas desnudo? Has comido del árbol que yo te
mandé? No, que no comiences. Y el hombre
respondió y el hombre respondió La mujer que me diste me dio. Pero vemos a Dios aquí, Él está
tratando de extender sus manos a Adán, dándole oportunidad tras
oportunidad para confesar su pecado, para buscar perdón, para
buscar reconciliación. Y eso es lo que Dios siempre
hace a nosotros. Aún cuando nosotros hemos rechazado
la voz de Dios, aunque cuando Él dio todo a Adán y a Eva, y
les dio todos los árboles para comer, sino un árbol les dio
la vida, Él dio a Adán una ayuda idónea, con todo eso Adán rechazó
la voz de Dios y escuchó la voz de la serpiente y de su mujer,
y de sus propios deseos. Pero en vez de abandonarle como
él merecía, Dios le busca. Dios va a él porque quiere reconciliarse
con Dios, con él mismo. Y eso es lo que siempre vemos
en la historia del hijo pródigo. El padre está ahí cada día esperando,
mirando, esperando para que su hijo regrese, para que él pueda
aceptar a su hijo otra vez. Y la segunda cosa que vemos aquí,
no solamente tenemos que sentir el peso increíble de nuestra
sociedad, pero tenemos que responder al llamado misericordioso de
nuestro creador. Tenemos que responder al llamado
misericordioso de nuestro creador. Si mira conmigo a Jeremías capítulo
3, Jeremías capítulo 3. Dicen Jeremías capítulo 3. Jeremias, conocido como el profeta
Llorón, porque siempre está llorando por la maldad del pueblo de Israel,
que ha rechazado al Señor tantas veces. Y en Jeremias, capítulo tres,
versículo uno dice, dicen, si alguno dejaría a su mujer y yéndose
está de él, se juntaría a otro hombre, volverá ella más. ¿No será tal tierra del todo
amansillada? Tú, pues, has fornicado con muchos
amigos. Más, vuélvate a mí, dice Jehová. Para la mayoría de nosotros,
si una esposa es infiel y nos da cuenta, decimos, ya, olvídate,
séparate de mí. ¿Pero qué hace Dios a su pueblo?
Vuélvate a mí. Versículo 2, alza tus ojos a
las alturas y ve en qué lugar no te hayas prostituido. Junto
a los caminos te sentabas para ellos como árabe en el desierto
y con tus fornicaciones y con tu maldad has contaminado la
tierra. Por esta causa las aguas han
sido detenidas y faltó la lluvia tardía y has tenido frente de
ramera y no quisiste tener vergüenza. A lo menos desde ahora, ¿no me
llamarás a mí, Padre mío, guiador de mi juventud? ¿Guardarás su
enojo para siempre, eternamente lo guardarás? He aquí que has
hablado y hecho cuantas maldades pudiste. Me dijo Jehová en días
de rey Josías, ¿has visto lo que ha hecho la rebelde Israel?
Ella se va sobre todo monte alto y debajo de todo árbol frondoso
y allí fornica. Y dije, después de hacer todo
esto, se volverá a mí. Pero no se volvió. Y lo vio su
hermana, la rebelde Judá. Ella vio que por haber fornicado
a la rebelde Israel, yo la había despedido y dado carta de repudio. Pero no tuvo temor la rebelde
Judá a su hermana, sino que también fue ella y fornicó. Versículo
11, Y me dijo Jehová, ha resultado justa la rebelde Israel en comparación
con la desleal Judá. Ve y clama esas palabras hacia
el norte, y di, vuélvete, oh rebelde Israel, dice Jehová. No haré caer mi ira sobre ti,
porque misericordioso soy yo, dice Jehová. No guardaré para
siempre el enojo. Reconoce pues tu maldad, porque
contra Jehová tu Dios has prevaricado y fornicaste con los extraños
debajo de todo árbol frondoso y no oíste mi voz, dice Jehová. Convirtíos hijos rebeldes, dice
Jehová, porque yo soy vuestro esposo. Y os tomaré uno de cada
ciudad y de dos de cada familia, y os introduciré en Sion. Y os daré pastores según mi corazón,
que os apacienten con ciencia y con inteligencia. Entonces,
otra vez en versículo 22, versículo 22, convertíos hijos rebeldes
y sanaré vuestras rebeliones. He aquí nosotros venimos a ti
porque tú eres Jehová nuestro Dios. Ciertamente, vanidad son
los collados y el huicio sobre los montes. Ciertamente, en Jehová,
nuestro Dios, está la salvación de Israel. Capítulo 4, versículo
1. Si te volvieras, o Israel dice,
Jehová, vuélvate a mí. Y si quitaras delante de mí tus
abominaciones y no anduvieras de acá para allá. Vemos que vez
tras vez Dios dice a Israel, vuélvate a mí. Yo sé que has
pecado en maneras terribles y tienes vergüenza, quieres esconderte
porque debes, pero yo estoy ahí buscándote porque yo quiero que
vuelvas a mí. Qué misericordioso es Dios. Aunque
pecamos y pecamos y pecamos y nosotros decimos, oh, Dios ya no me quiere
ver. Yo me voy a esconder. Voy a esconder mi pecado porque
ya seguramente él no me va a aceptar. ¿Qué está haciendo Dios? ¿Dónde
estás? Yo quiero tener una relación
contigo. Yo quiero perdonarte. Yo quiero
limpiarte. Vuelve a mí. Aunque has pecado
y pecado y pecado, todavía quiero ser su esposo. Soy tu esposo. Te amo. Vuelve a mí. Te perdonaré. Te salvaré. ¡Qué misericordioso
es nuestro Dios! Y solamente es para nosotros
responder. Responder a su llamado. Lastimosamente,
Adán y Eva no responden. Solamente hacen excusas. Vamos
a mirar más eso la próxima vez porque ya se acabó el tiempo.
Pero quiero dejarles solamente con esos dos pensamientos. Primeramente,
tenemos que sentir el peso increíble de nuestra sociedad. Somos pecadores. No debemos tratar de cubrirlo
con nuestras obras de justicia que son como esas hojas. Son nada. No ayudan nada. No podemos cubrir nuestro pecado.
En vez de tratar de cubrir nuestro pecado, tenemos que confesar.
y decir, Señor, soy pecador, soy sucio, soy rebelde, me avergüenzo
de mi pecado. Pero gracias por Cristo, porque
Él murió y Él en esa cruz. Nosotros deberíamos estar ahí
en esa cruz. ¿Qué fue la cruz? Fue un lugar
de vergüenza. Fue un lugar donde estaban totalmente
desnudos. avergonzados, como pecadores,
rebeldes. Y Él se desnudó por nosotros,
se avergonzó, llevó sobre Sí toda nuestra vergüenza, toda
nuestra culpabilidad, enfrente de todos, aunque Él era inocente
y puro, para que nosotros pudiéramos tener Su ropa perfecta de justicia. Y podríamos ser aceptados, como
dice Efesios 1 en el Amado. En Cristo tenemos limpieza, tenemos
perdón. Entonces, hermanos, no cubrimos
nuestros pecados. No debemos escondernos de Dios.
Que vayamos a Él, que nos arrepentimos, que sentimos el peso, pero entonces
dejemos ese pecado con Cristo. Bajo la cruz de Cristo. Que confesemos
nuestros pecados y aceptamos el perdón y la limpieza que solamente
Cristo puede dar. diariamente que lo hagamos, que
regresamos a la cruz de Cristo. ¿Por qué? Porque solo Cristo
puede cubrir nuestra vergüenza. Solo Cristo puede cubrir nuestra
vergüenza. Vamos a orar. Padre, no tenemos ningún derecho de
ni hablar contigo. naturalmente y lógicamente debemos
escondernos de ti. No tenemos ninguna razón por
qué pensar que quieres estar con nosotros, que somos tan sucios,
tan rebeldes, tan pecaminosos. Pero por una razón que nunca
vamos a entender, todavía nos amas. y decidiste poner toda nuestra
suciedad sobre Tu Hijo puro que nunca hizo pecado, para que nosotros
podamos ser libres de la culpabilidad. No hay condenación para los que
están en Cristo Jesús, para que nosotros podamos disfrutar de
una libertad completa. Señor, ayúdanos a no escondernos
de ti, a no cubrir nuestro pecado, sino confesarlo, arrepentirnos
de nuestro pecado y encontrar limpieza y perdón en Cristo.
Ayúdanos a odiar nuestro pecado y buscar tu gracia para cambiar
más y más cada día. Pero gracias por tu perdón. Gracias
por tu limpieza. Gracias por Cristo. En nombre
de Cristo pedimos esas cosas. Vamos a terminar esta noche cantando
el número 262. 262. Cuando lo encuentren, pueden
ponerse de pie y vamos a cantar. Vamos a cantar las cuatro estrofas
de ese himno tan precioso. Si quiere venir y orar, siempre
puede venir a la tarde. Si quiere arrodillarse donde
está o solamente sentarse y hablar con Dios, puede. Si hay alguien
aquí hoy que ha dicho, bueno, he pecado tanto que ya ni vale
la pena venir a Cristo, ya ni vale la pena confesar mi pecado,
ya Cristo no quiere verme, es mentira. Él siempre está ahí,
Él quiere perdonar, Él quiere salvar, Él quiere cambiar. Ven
a Él, divino Espíritu de Dios, enviado por Jesús. 262, cantemos las cuatro estrofes. Divino Espíritu de Dios, enviado
por Jesús. Ven bien con todos, señores y
señores, y alumbrenos todos. haz comprender al corazón cuán
grave es su maldad. Víganos el precioso don de amar
en santidad Venza la fuerza de tu luz al
fierro tentador. Por Cristo quien, muriendo en
cruz, nuestro dolor sufrió. ¡Sé nuestro guía al transitar
la senda que trazó! ¡Danos poder para triunfar siguiendo
el reino! Amén. Señoras y señores hermanos,
están despidos.
La vergüenza del pecado
Series Génesis
Iglesia Bíblica Bautista Antioquia
| Sermon ID | 31824325421906 |
| Duration | 33:39 |
| Date | |
| Category | Sunday - PM |
| Bible Text | Genesis 3 |
| Language | Spanish |
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