00:00
00:00
00:01
Transcript
1/0
hace una semana estuvimos hablando
de romanos 6 los cuatro versículos anteriores a lo que vamos a ver
hoy y hubo un espacio grande para pensar un poco en torno
a la descomposición que produce el pecado y hablamos de la maldad
y cómo ésta se propaga a nivel personal y cómo puede propagarse
en la sociedad. Y sí mencionamos los frutos de
la santificación a grandes rasgos, pero dedicamos más tiempo a hablar
de los frutos del pecado, realmente. Y si repasan el sermón de la
semana pasada van a notar que tenía ese punto ahí un poco oscuro,
un poco triste, necesario. Pero ahora quisiera que en el
estudio que vamos a hacer esta mañana, dirijamos nuestra mirada
hacia el otro lado con un poco más de detenimiento, en el área
de la santificación. Entonces, vamos a prepararnos
para sumergirnos en este tema un poco más hoy. Los dos pasajes
son bastante similares, son casi como una repetición, Pablo está
casi repitiendo lo que había dicho en la primera parte, lo
repite en la segunda, con otras palabras y otro énfasis, pero
es básicamente, el mensaje es muy similar. Y creo que es una
costumbre que nosotros notamos en las escrituras. de que cuando
quieren que una verdad quede bien grabada, la repiten de todas
las maneras posibles y Pablo es un experto en hacer eso. Entonces
hoy vamos a ver, casi esto va a sonar como un eco del sermón
pasado, pero vamos a darle un énfasis un poquito diferente
a nosotros en la aplicación. Entonces vamos a leer Romanos
6, versículos del 20 al 23, dice así. Porque cuando erais esclavos
del pecado, erais libres acerca de la justicia. ¿Pero qué fruto
teníais de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis?
Porque el fin de ellas es muerte. Mas ahora que habéis sido libertados
del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto
la santificación y como fin la vida eterna. Porque la paga del
pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo
Jesús, Señor nuestro. Espíritu Santo de Dios, ayúdanos
a crecer en santidad, a crecer en el conocimiento de tu palabra,
ayuda a vencer cualquier distracción, la debilidad de nuestras mentes,
cualquier presuposición que tengamos pecaminosa que pueda subvertir
o dañar el mensaje de tu palabra en nuestros corazones, permite
Dios que llegue con claridad y que cale profundo y que nos
transforme desde adentro. Nuestro consolador, nuestro ayudador,
acudimos a ti. En el nombre de Jesús. Amén. Cuando erais esclavos del pecado,
erais libres acerca de la justicia. Perdón, ¿por qué? ¿Por qué cuando
erais esclavos del pecado? ¿Por qué es importante eso? Siempre
esas palabritas tienen... están cargadas, ¿verdad? Eso
es por qué, pues, pero... y en este caso ese por qué nos
recuerda la última frase del sermón anterior. presentad vuestros
miembros para servir a la justicia. Versículo 19, presentad vuestros
miembros para servir a la justicia. Y ahora Pablo nos introduce como
el fundamento o una recapitulación de lo que había dicho antes.
Esto es lo que tienen que hacer. Cuando eran esclavos del pecado,
eran libres de la justicia. Antes, y esta es la experiencia
de todos los seres humanos. De todos los seres humanos, la
esclavitud al pecado. Y de todos nosotros, como cristianos,
que fuimos esclavos del pecado. Tenemos que recordar eso, recordar
de dónde venimos. Esa es la experiencia de cada
uno de nosotros, controlados por el pecado. Todos sabemos
lo que era vivir así. Lo recordamos, errando el blanco de la gloria
de Dios. Es más, ni siquiera buscábamos
la gloria de Dios. Era lo último en nuestras mentes.
Ni queríamos ni podíamos glorificar a Dios. ¿Qué era lo que buscábamos? Nuestra propia gloria. Lo que
nos interesaba era nuestro propio bien. Y entonces, ¿qué dice Pablo?
Eran esclavos del pecado y eran libres de la justicia. Esa libertad
no es buena, ¿verdad? Es una libertad negativa. O sea,
en cuanto a hacer la voluntad de Dios, no nos importaba. En
cuanto a vivir para agradar a Dios, en cuanto a vivir en verdadera
justicia, eso era lo último que nos interesaba, no estaba en
nuestra mente, no lo queríamos, lo único que queríamos era agradarnos
a nosotros mismos. La piedad, la justicia, la bondad,
el amor a Dios, eso no era importante. Y entonces Pablo dice... Eso
eran ustedes, esa era la realidad. Eran esclavos del pecado, eran
libres de la justicia, pero ¿qué fruto?, pregunta. ¿Qué fruto
tenías de aquellas cosas de las cuales ahora os avergonzáis?
¿Cuál fue el fruto? ¿Cuál fue el fruto de todo eso? El domingo pasado hablamos del
fruto de muerte. En resumen, eso es lo que produce el pecado,
muerte, ¿verdad? Y vimos todas las implicaciones
de esa muerte, la destrucción, que siempre va de peor en peor,
de destrucción en destrucción, ¿verdad? De mal en peor, el ser
humano atado al pecado no mejora ni se estanca. empeora. El único camino es empeorar.
Es como una cuesta resbalosa. Uno solamente baja y baja y baja
y desciende a cada vez más... a cada vez mayores velocidades.
Anselmo usa una ilustración graciosa. No está hablando exactamente
del pecado en sí, sino como de las cosas de este mundo, pero
me hizo pensar en esto. Él dice que las personas que
pasan enfocadas en las cosas de este mundo y los bienes de
este mundo, las cosas lindas del mundo, son como niños persiguiendo
mariposas a la orilla de un guinda. ¿Verdad? Están como enfocados
completamente, ¿verdad? Toda su atención puesta en la
mariposa, con sus redes, tratando de atraparla sin darse cuenta
de que están al borde del precipicio y a punto de caer a su destrucción. Así es el ser humano sin Dios.
Eso es vivir para el pecado. ¿verdad? Y se puede pensar que
está haciendo algo bien, que está persiguiendo algo bonito,
que está persiguiendo algo agradable, pero va a terminar en su destrucción.
Eso es vivir en pecado. Esa es, esa era nuestra condición. De modo que al mirar hacia atrás
y ver esa muerte, esa destrucción, ese desastre en el que vivíamos,
debería darnos vergüenza. Pablo enfatiza que debería ser
algo que nos avergüence, no es algo de lo que deberíamos estar
orgullosos, no es algo que deberíamos añorar como un pasado mejor,
como algo más agradable, no debería ser esa nuestra actitud hacia
nuestra vida pasada. ¿Quiere que le recuerde lo que
éramos? Bueno, Pablo a los Calatal les dice, Que hay un fruto de
la carne que es evidente. Dice, el fruto de la carne es
evidente. Fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías,
enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones,
herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías y cosas semejantes. No es una lista exhaustiva, pero
estas son las cosas en las que vivíamos sin Dios. No deberíamos
sentirnos orgullosos de nada de esto. También el primer capítulo
de Romanos, yo no sé si se acuerdan porque fue hace mucho, pero en
el primer capítulo de Romanos había otra lista que Pablo nos
dio, dice que estábamos atestados de toda injusticia, fornicación,
perversidad, avaricia, maldad, llenos de envidia, homicidios,
contiendas, engaños y malignidades, murmuradores, detractores, aborrecedores
de Dios, injuriosos, soberbios, altivos, inventores de males,
desobedientes a los padres y La lista sigue, ¿verdad? Podemos
agregar más cosas a lo que Pablo ha mencionado. Yo no sé si ustedes
han tenido la experiencia de alguien que cuenta su testimonio
y parece que estuviera celebrando, ¿verdad?, su vida pasada, contando
cuando era malvado, pecador, pero suena como que estaba rompiendo
récords, ¿verdad?, y está orgulloso de los récords que rompió en
su maldad y en su pecado. ¿Esa no debe ser la actitud hacia
nuestro pasado pecaminoso? debería darnos vergüenza. Lo
que éramos, lo que hacíamos, lo que pensábamos, debería darnos
vergüenza. Ahora, alguien podría decir,
bueno, pero yo no era tan malo, ¿verdad? Tal vez alguno aquí
era un ciudadano ejemplar, un modelo, ¿verdad?, de humanidad. La pregunta que tendríamos que
hacer es, ¿amaba usted a Dios con todo su corazón, con toda
su alma, con toda su mente, con todas sus fuerzas? Porque no
importa cuán bueno haya sido lo que hizo, si no lo hizo por
amor a Dios, es pecado, es un trapo de inmundicia, y sigue
siendo tan desagradable como los pecados más atroces. Porque
fuimos creados para vivir para Dios, para buscar agradar a Dios. Y si esa no era su intención,
por muy bueno que fuera, no importa, no importa cuántas aparentes
buenas obras hubiera hecho, no importa. No importa si se condujo
como un ciudadano ejemplar, como buen esposo, buen hijo, buen
hermano, buen... lo que sea, buen empleado, donde
sea que estuviera. Si no estaba viviendo para la
gloria de Dios, no estaba haciendo nada bueno, en el sentido estricto
de la palabra bueno. La gloria de Dios debe ser lo
primero. Si no era así, usted era esclavo
de pecado. y debería darle vergüenza. Hay un momento y un lugar para
hablar de nuestro pasado pecaminoso, ¿verdad? Y puede ser de edificación
para alguien saber de dónde el Señor nos sacó, cuáles luchas
tuvimos, qué enfrentamos en nuestra vida, de dónde Él nos rescató.
Pero esa debe ser la tónica, debe ser, de esto me libró el
Señor. De esto me salvó. No era algo
bueno, no era algo agradable, no es algo que yo añoro, no es
algo que yo... a lo que quisiera volver. Lo detesto, lo detesto
y quisiera que no fuera parte de mi historia. Esa debe ser
la actitud hacia el pecado. Quisiera nunca haber hecho eso. Quisiera nunca haber vivido así.
Pero lo cierto es que eso fui, pero el Señor me salvó. Y ahora
hay un fruto diferente. Ahora el fruto debe ser distinto.
Versículo 22, más ahora que habéis sido libertados del pecado y
hechos siervos de Dios. Hablamos de la esclavitud a Dios
la semana pasada. Tenéis vuestro fruto, perdón,
tenéis por vuestro fruto la santificación y como fin la vida eterna. Ahora nuestra realidad es otra.
como creyentes hemos sido libertados del pecado, del dominio del pecado,
estamos bajo nueva administración, todo esto lo vimos el domingo
pasado, somos esclavos de Dios, pero ¿cómo se ve eso? Pablo habla
de un fruto El fruto de la santificación. Ese es el fruto que deberíamos
ver en nuestra vida. El fruto de haber sido regenerados,
de haber sido transformados por Dios, y sacados de esa esclavitud
al pecado, introducidos al servicio de nuestro Señor Jesucristo,
el fruto de eso debe ser la santificación, y como fin, allá, cuando nuestro
camino termine, la vida eterna. Entonces, en lugar de ir de destrucción
en destrucción, vamos de gloria en gloria, vamos avanzando hacia
algo mejor. Y sí, bueno, ahorita vamos a
hablar de ese proceso de santificación en detalle, pero sí es cierto
que no lo vamos a completar de este lado de la tumba, lo vamos
a completar o el Señor lo va a completar cuando nos resucita. Una forma de entenderlo es como
un árbol. El árbol produce el fruto que produce por naturaleza,
¿verdad? Esa es la regeneración. Perdón,
esa es su generación. La regeneración sería lo necesario
para que el árbol produzca un fruto distinto al de su naturaleza. Entonces, un árbol de limón,
por mucho que se esfuerce por dar piñas, no va a poder dar
piñas. ¿Verdad? Porque es un árbol de
limón. Tal vez sea necesario por los oyentes. Yo sé que ustedes
no, pero los que están presentes aquí no, pero por los oyentes
en línea, los árboles no crecen en piñas. ¿Verdad? Nada más para
que... por cualquier cosa. Pero hay personas que creen que
los árboles... que las piñas crecen... Perdón,
las piñas no crecen en árboles. Hay personas que creen que las
piñas crecen en árboles. Ah, no, no es así. Pero lo mismo
ocurre para el árbol de aguacate, el árbol de cacao, las naranjas,
¿verdad? Todos los árboles producen el
fruto según su naturaleza. Acabamos de sembrar un arbolito
de cacao en nuestra propiedad. Bueno, no en nuestra propiedad,
pero acabamos de sembrar un arbolito de cacao. Y nos dijeron que hasta
dentro de dos años y medio, más o menos, íbamos a poder ver el
primer fruto. Vamos a ver si, por la gracia del Señor, estamos
ahí dentro de dos años y medio. Pero yo sé que no va a ser una
piña. ¿Cierto? Yo sé que eso no es lo que va
a salir, porque cada árbol va a dar el fruto conforme a su
naturaleza. Y la única manera de que ese
árbol de cacao dé piñas, es si el Señor hace un milagro en la
naturaleza de ese árbol, y lo convierte en una cosa que no
es. Eso es lo que el Señor ha hecho con cada uno de nosotros.
Él nos ha transformado en algo que no éramos. No éramos capaces
de rendir un fruto de santificación. Un fruto agradable a Él. No,
incapaces, por naturaleza. Pero Él nos ha transformado.
Él ha cambiado nuestra naturaleza interna. Y ese cambio ha sido
la regeneración y el fruto ahora, o podríamos decir, todo ese desarrollo
de la savia, las raíces, absorbiendo de Su Palabra hasta que rendamos
frutos. Todo eso es la santificación. que es el proceso en el que estamos
todos nosotros, sin excepción, todos los creyentes, hijos de
Dios, están siendo santificados por Dios. ¡Gloria a Dios por
eso! Los estándares de Westminster nos dan una definición de la
santificación en tres artículos, pero no voy a leer los tres,
solo voy a leer el primero. Dice, los que son llamados eficazmente
y regenerados al tener un nuevo corazón y un nuevo espíritu creado
en ellos, son además santificados real y personalmente en virtud
de la muerte y resurrección de Cristo, por su palabra y su espíritu
que more en ellos. El dominio de todo el cuerpo
de pecado es destruido, y los diversos deseos de éste son debilitados
y mortificados más y más. Así, los santificados son vivificados
y fortalecidos más y más, en todas las gracias salvíficas.
para la práctica de la verdadera santidad sin la cual nadie verá
al Señor. Yo les invito a llegar a su casa
a leerse estos artículos acerca de la santificación. Porque yo
podría predicar un sermón solamente de este artículo, ¿verdad? No
nos vamos a detener completamente en esto, pero... mis hermanos,
hay algunos puntos que cabe destacar, y es que esto empieza por obra
de Dios y avanza por obra de Dios. Él es el que nos regenera
y Él da el querer como el hacer para la santificación, ¿verdad?
Él nos da un corazón nuevo, un espíritu nuevo, y ahora cada
uno de nosotros dice de manera real y personal, estamos siendo
santificados por Dios. Cada uno de nosotros Estamos
en este progreso que me gusta como lo presenta. Dice que los
diversos deseos del pecado son debilitados y mortificados más
y más. Es un proceso, ¿verdad? Y los
santificados son vivificados y fortalecidos más y más. Entonces,
los deseos pecaminosos son mortificados y creo que se refiere a los deseos
santificados, ¿verdad? También puede ser que se refiera
a las personas santificadas. Nada más dice, así los santificados
son vivificados y fortalecidos más y más. Ahí estamos, ¿verdad? Esencial también dice la Palabra
de Dios y el Espíritu de Dios que more en nosotros. Eso es
clave. Usted no va a poder producir fruto sin alimentarse de la Palabra
de Dios. Ese es como el terreno donde
tenemos que meter nuestras raíces profundo si queremos producir
un fruto que sea agradable. Para seguir un poco con la metáfora
del árbol, no se puede extender demasiado, ¿verdad? Pero por
lo menos hasta ahí. Sí, hay pecado que sobrevive
todavía, pero la distinción que han hecho los reformadores desde
el principio es que no es un pecado que reina. Pecado que
sobrevive no es sinónimo de pecado que reina. Puede estar presente,
puede fastidiar y nos puede hacer caer de vez en cuando, y puede
hacer caer a algunos creyentes atrozmente, ¿verdad? Pero no
reina, no va a tener la última palabra. En el creyente, no.
El creyente ya se pronunció la última palabra, por usted y por
mí. Cuando Cristo dijo, consumado,
¿ves? Completó la obra, por usted y por mí. Esa fue la última palabra. Y a partir de ahí, nosotros somos
suyos para siempre. El pecado no reina en nosotros. Muy bien, hermanos. Exploremos
este proceso, entonces. ¿Alguien sabe cuál es el propósito
de nuestra iglesia? Ya está anotado en la guía. El propósito de nuestra
iglesia, lo hemos hablado muy pocas veces, lo hemos mencionado
cuando hicimos el curso de membresía que estábamos todos juntos y
repasamos, ¿verdad? En ese momento lo hicimos. Imagínense,
si ustedes no se acuerdan de ese curso de membresía, esa fue
la última vez que lo vimos como grupo. En los casos individuales
lo hemos repasado un poquito más, ¿verdad? Los más nuevitos
tal vez lo tienen un poquito más fresco, pero se los voy a
leer porque ya vi las caras con signos de pregunta. El propósito
de nuestra iglesia es honrar a Cristo como nuestro profeta,
rey y sacerdote, creciendo en sana doctrina, sana práctica
y sanos sentimientos, buscando en todo glorificar a Dios y servir
a nuestro prójimo. ¿Qué? Es sencillo. Ahora, a lo
que me quería enfocar, él lo que me quería enfocar, es que
creemos en Cristo como nuestro profeta, rey, sacerdote, y por
lo tanto, queremos crecer en doctrina, en práctica y en carácter. Ahí es donde se da la santificación.
Entonces, la santificación no es simplemente hacer cosas buenas.
Es mucho más profundo y mucho más complicado, digamos, tiene
implicaciones mucho más grandes de las que a veces pensamos.
Empecemos por la sana doctrina. Somos santificados en nuestra
mente, somos santificados en nuestra manera de pensar y de
entender. Lo que creemos es importante. ¿Cierto? Entonces, ¿debemos ser
personas estudiosas y deseosas de aprender la Palabra de Dios?
¿Debemos ser personas disciplinadas en el estudio de las Escrituras?
¿Usted quiere crecer en santidad? No lo puede hacer si no está
estudiando la Biblia. ¡Así! Si no está estudiando la
Biblia, no va a crecer, se va a quedar estancado, y mis hermanos,
rara vez un cristiano se queda estancado. ¿Usualmente? Se deteriora. Entonces o avanzamos o nos deterioramos. ¿verdad? Entonces, avancemos
en eso. Cristo es nuestro profeta que
ha venido a enseñarnos la verdad. Escuchemos su voz, leamos su
palabra, estudiemos y crezcamos en este conocimiento constantemente. Y esa constancia no es sólo en
casa, sino esto que estamos haciendo hoy aquí, esta reunión donde
yo estoy aquí al frente predicando la Palabra de Dios y cada uno
está escuchando, esto es parte de ese proceso de santificación
en nuestro conocimiento. Entonces, venir a la iglesia
disciplinadamente, leer la Biblia disciplinadamente, eso nos va
a ayudar a crecer en santidad en nuestra mente. Siempre viendo
a Dios, ¿verdad? Y no solamente en conocimiento
de la Palabra de Dios. Aquí les voy a plantear otro
desafío de santificación. Debemos también tener mentes
curiosas y deseosas de aprender acerca del mundo que Dios creó. Aprender acerca de la creación.
Aprender, y ahí entran todas las disciplinas, ¿verdad? Y tenemos
algunos maestros aquí, pero todas las disciplinas entran ahí. Deberíamos
estar deseosos, no quedarnos estancados tampoco en nuestro
conocimiento del mundo. ¿Cuándo fue la última vez que
usted se maravilló por un dato que aprendió acerca del mundo
creado? ya sea algo de las estrellas,
algo del espacio, o algo de los animales, algo acerca de la biodiversidad
de nuestro país, no sé, algo que usted haya aprendido acerca
de este mundo que lo haya maravillado, que usted haya dicho ¡guau! Yo
no sabía eso. Así debería ser nuestro andar
cristiano. Nosotros deberíamos... Es parte de nuestra interacción
con el mundo que Dios creó y de nuestro sojuzgar al mundo. Es
aprender cómo funciona este mundo. Y deleitarnos en ese conocimiento,
siempre viendo a Dios detrás de todo lo que estudiamos. ¿Verdad?
Porque el impío cree que puede entender el mundo sin Dios. Pero
nosotros sabemos que no se puede entender, en última instancia,
sin Dios. Entonces, deleitémonos en eso.
Luego está la santificación en el hacer, ¿verdad? La santificación
en nuestras acciones, que tiene que ver con nuestra obediencia.
Sabemos lo que Dios demanda de nosotros, pongámoslo por obra.
Hagamos lo que Dios pide que hagamos. Seamos activos, proactivos,
obedientes a la Palabra de Dios, usando ahora sí nuestro cuerpo
para la gloria de Dios. Como vimos antes, nuestros miembros
presentados a la justicia, como servos de justicia. Eso es lo
que debe ser nuestro cuerpo ahora. Practicantes vehementes de buenas
obras. ¿Cuándo fue la última obra que
usted hizo? Los Scouts. tenían que ganarse
una insignia de gracias de la buena hora del día. Yo no sé
si ustedes, los que estuvieron en Scouts, ¿se acuerdan de haber
hecho eso? La buena hora del día, que ayudarle
a un viejito a cruzar la calle, que... no sé... no sé, ¿verdad? pero eran cosas como muy cotidianas,
¿verdad? que tenía que buscar la manera
de ganarse esa insignia. Mis hermanos, así deberíamos
ser nosotros. deberíamos estar buscando la manera de ganarnos
esa insignia de la buena hora, ¿verdad? Y que no sea una buena
hora al día, no. Que llenemos la banda de insignias
de buenas obras. Esa debe ser nuestra meta. Buscar la manera de hacer cosas
buenas y ser realmente siervos de justicia en nuestra interacción
con el mundo en el que Dios nos ha colocado. Aquí interactuamos
con personas, interactuamos con la creación a través de nuestro
cuerpo. y debemos hacerlo para la gloria
de Dios. También voy a lanzar aquí una
implicación adicional, también implica mayordomía del cuerpo
en sí, ¿verdad? Porque si yo quiero ser activo
en buenas obras, yo debería procurar tener un cuerpo saludable para
poder realizar esas buenas obras, ¿cierto? en la medida de lo posible. No estoy diciendo que nos vamos
a volver adictos al gimnasio y vamos a pasar ahí metidos 24-7. No es eso. Pero sí deberíamos
preocuparnos por ser buenos mayordomos del cuerpo que Dios nos ha dado
y les cuento un secreto, ni ustedes ni yo nos estamos haciendo más
jóvenes. ¿Cierto? Hay cosas que ustedes
pueden hacer ahora que más adelante no las van a poder hacer si no
se cuidan. Entonces, nosotros hablamos de esto, son de bromas
con mi esposa. Uno cree que tiene 25, hasta
que el cuerpo le recuerda que ya no tiene 25, ¿verdad? Entonces,
procuremos cuidar nuestro cuerpo, nuestra alimentación, ejercicio,
mantenernos activos y tratar... porque eso va a ser bueno para
el reino. Nuestro cuerpo es un activo del reino y deberíamos
cuidarlo. Obviamente, nuestra interacción
con los dones que Dios nos ha dado en la creación, disfrutar
de la comida, disfrutar de todas estas cosas buenas que Dios nos
ha dado y hacerlo siempre con mesura, nunca con sobriedad,
¿se acuerdan? Que no debemos dejarnos dominar
por ninguna de estas cosas, pero sí utilizarlas para la gloria
de Dios y disfrutarlas para su gloria. Muy bien. Y finalmente,
el que es un poco más complejo es la santificación del carácter,
porque casi siempre esas buenas obras son fruto del carácter,
¿verdad? Y el estudio de la palabra lo
que transforma primero casi siempre es el carácter. Pero allá adentro
es muy difícil poner medidas. Es muy difícil, ¿verdad? Decirle,
vea esto, es así como se ve el carácter. No se ve el carácter.
El carácter se ve cuando se manifiesta. en las obras externas. Pero hay
cuestiones de carácter que podemos mencionar, ser fieles, leales,
debemos crecer en nuestra lealtad para formar relaciones fuertes
con nuestro prójimo, dignos de confianza con nuestra familia,
nuestros amigos, y sobre todo en la iglesia, esta familia donde
todos en teoría estamos buscando lo mismo. ¿A qué debería ser
más fácil? ¿verdad? Uno esperaría, esperemos en el
Señor que así sea, pero es ser perdonadores, ser misericordiosos, Incluso estables emocionalmente,
¿verdad? Emocionalmente estables, ecuánimes,
de buen ánimo, ¿verdad? Gozosos. Todo eso son cuestiones
de carácter que se reflejan y se ven en el día a día. Ser bondadosos
con los demás, ser solidarios con las personas en necesidad.
Eso empieza desde adentro. Yo difícilmente voy a ayudar
a alguien si no siento ninguna compasión. por esa persona. Entonces,
debo crecer en mi simpatía hacia los demás, ¿verdad? Entiéndase
simpatía como ponerme en los zapatos de los otros y entender
sus necesidades, o esforzarme por entender sus necesidades. En última instancia, estamos
imitando el carácter de Cristo. Eso es lo que estamos buscando
hacer, imitar el carácter de Cristo, pero para imitarlo a
Él debemos amarlo, porque un principio de la vida es que amamos
perdón, nos convertimos en aquello que amamos, nos convertimos en
aquello que adoramos. Entonces, la única manera de
ser más y más como Cristo es amando más y más a Cristo, y
es conociendo más y más a Cristo, y es adorando más y más a Cristo. Es la única forma. No vamos a
poder transformarnos a su imagen si no lo contemplamos todos los
días, si no nos deleitamos en él, si no nos maravillamos en
él. Y luego, todo eso se va a propagar
en la cultura, ¿verdad? Pero eso es tema para otro momento.
Exploren. Les queda la tarea. Exploren
las implicaciones, ahora a nivel cultural, de esto que estamos
desafiándonos y que queremos vivir a nivel personal. ¿Por
qué? Porque tenemos el llamado que
mencionamos la semana pasada, ser sal y luz, ¿cierto? Ser sal
y luz en el mundo tiene que ver la sal con refrenar la maldad
y la luz con propagar la bondad. La verdad, ¿verdad? Entonces,
es como lo mismo, pero a mayor escala, de lo que está diciendo
la confesión acerca de la mortificación del pecado. Entonces, la mortificación
se da poco a poco en nosotros, y la vivificación se da poco
a poco, pero si se extiende a la sociedad, lo mismo. Como sal,
vamos mortificando la maldad en la sociedad. Y como luz, vamos
propagando la bondad y la verdad en la sociedad. entonces que
Dios nos ayude a ser proactivos en esa dirección y lo pongo como
una tarea pensando también en que pronto vamos a tener reunión
de iglesia. Y quiero que pensemos en esos términos. ¿Qué vamos
a hacer como Iglesia para propagar la verdad y la bondad y refrenar
la maldad en Ciudad Quesada y en nuestros lugares donde vivimos? Solo así. Y obviamente hay una
que es la clave, y con esto vamos a cerrar. La mejor manera de
hacer tanto luz como sal es predicar el Evangelio. Esa es la más evidente,
porque para que una cultura sea transformada necesita creer el
Evangelio de Jesucristo. Y termina, Pablo, con este versículo
que es, lo conocemos todos de memoria, ¿verdad? Es como un
resumen del Evangelio, porque la paga del pecado es muerte,
mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús. Señor nuestro, ese es el mensaje
que el mundo necesita oír, el mensaje que nosotros necesitamos
oír, repetirnoslo a nosotros mismos constantemente, pero también
el mundo necesita escucharlo definitivamente. La muerte es
una consecuencia merecida, es lo que viene, el que no guarda
la ley está bajo maldición y verá la muerte, eso es así. ¿verdad?
Recibirá su merecido. No habrá injusticia en la muerte
de los pecadores. Porque eso es lo que la ley de
Dios demanda. Pero, la vida eterna, curiosamente,
no dice que sea paga. Dice que la paga del pecado es
muerte. Pero la vida eterna no es paga. La vida eterna es dádiva. Es un don. Es un regalo. No se
obtiene por obras. Es algo que Dios da sólo por
gracia. Por medio de la fe. solamente
en Cristo. No hay otro camino al cielo que
no sea por medio de la fe en Jesucristo. No hay otro. No hay otro nombre dado a los
hombres en el que podamos ser salvos. Y el mundo necesita escuchar
eso. Y la Iglesia tiene el deber de
proclamarlo. Nosotros debemos ser anunciadores
De esta verdad, de que todo aquel que cree en Cristo no se pierde,
mas tiene vida eterna. Solo así pasamos de las tinieblas
a la luz. Solo así pasamos de muerte a
vida. Solo así pasamos de la esclavitud
al pecado a la libertad en Cristo. Solamente así podemos rendir
frutos de santificación. el lugar de los frutos de descomposición
que rendíamos antes. Sólo así podemos estar seguros
de que pasaremos una eternidad, no en el infierno, sufriendo
la muerte eterna, sino en gloria, disfrutando de la vida eterna
con Dios. Esto creemos y esto proclamamos. Oremos. Dios, esta tarea de la
santificación es difícil, es compleja, no es algo sencillo,
no es de la tarde a la mañana, es un proceso largo Y sabemos,
oh Dios, que por más que nosotros nos esforcemos, si Tú no bendices
a este proceso, nada vamos a producir. Pero también sabemos que no podemos
quedarnos de los brazos cruzados esperando a que Tú hagas todo,
cuando has puesto en nuestras manos el deber de esforzarnos
en nuestra santificación, aprovechando los medios de gracia. Queremos
ser estudiantes dedicados de Tu Palabra. Queremos ser hacedores
de buenas obras, vehementes, constantes, y queremos ser piadosos
como Cristo en nuestro carácter. Ayúdanos, oh Dios, para ser cada
vez mejores como individuos y como Iglesia. Jesucristo, tú eres nuestro profeta,
enséñanos la verdad. Transforma nuestras mentes para
que pensemos conforme a tu voluntad. Danos sed de tu palabra. Tú eres
nuestro rey. Dirígenos en esta carrera y protégenos. ayúdanos a ser obedientes a tu
ley de manera activa y constante en este mundo. Y tú eres nuestro sacerdote, el
que nos reconcilia con el Padre, el que nos reconcilia unos con
otros, transforma nuestro carácter, forma un reconciliador, uno que
busque y se esfuerce por llevar este mismo mensaje de reconciliación
al mundo entero. Te lo pedimos en tu nombre.
Frutos de vida
Series Romanos
| Sermon ID | 115242118125936 |
| Duration | 35:19 |
| Date | |
| Category | Sunday - AM |
| Bible Text | Romans 6:20-23 |
| Language | Spanish |
Add a Comment
Comments
No Comments
© Copyright
2026 SermonAudio.
