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Marcos capítulo 6 nos dice aquí
la palabra, salió Jesús de allí y vino a su tierra y le seguían
sus discípulos y llegando el día de reposo comenzó a enseñar
en la sinagoga y muchos oyéndole se admiraban y decían ¿de dónde
tiene éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es ésta que
le es dada? ¿Y estos milagros que por sus
manos son hechos? ¿No es éste el carpintero hijo
de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros
sus hermanas? Y se escandalizaban de él. Mas Jesús les decía, No hay profeta
sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes y en su
casa. Y no pudo hacer allí ningún milagro,
salvo que salnó a unos pocos enfermos, poniéndole sobre ellos
las manos. Y estaba asombrado de la incredulidad
de ellos, y recorría las aldeas de alrededor enseñando. Amén. En el capítulo 5 vemos la fe
triunfante. Es un capítulo lleno de fe. El
capítulo 5 es un capítulo rebosante de fe. Allí encontramos al endemoniado
que fue liberado de una legión de demonios. En ese capítulo
también vimos a una mujer que padecía flujo de sangre durante
doce largos años de su vida. Fue sanada de manera milagrosa
por el Señor. Hija, tu fe te ha sanado, le
dijo Jesús. Vete en paz y queda sana de tu
afición. También allí encontramos al angustiado
Jairo, a quien Cristo le dijo, no temas, cree solamente. El Señor a este hombre le dio
ese gran premio de la resurrección de su hija que había fallecido
momentos antes. Sin embargo, en contraste con
este capítulo 6, donde hay una completa y plena sequía, salvo
algunas porciones del pasaje del capítulo 6 aquí encontramos
una completa sequía de fe hay una sequía de credulidad, de
fe el capítulo de la incredulidad podemos llamar el capítulo 6
aquí se nos narra el ministerio del Señor Jesucristo en su tierra
que lo dio a crecer donde él se desarrolló, donde
él hizo vida como ser humano, Nazaret. Allí él creció, ahí
él se educó, ahí trabajó como un ser humano, normal, cien por
ciento hombre, y ahí precisamente en ese contexto del pueblo donde
él se crió, en lugar de encontrar mucha fe en nuestro Salvador,
encontramos una gran sequía, de esa gracia de la fe en nuestro
Señor y Salvador Jesucristo. Aquí encontramos, primeramente,
según nos narra Marcos, que él llegó a su tierra, así lo dice
Marcos, a su tierra, ahí llegó él a Nazaret. Salió de allí,
o sea, de Capernaúm, donde se encontraba, donde encontró una
tierra fructífera en fe, fue a su tierra y sus discípulos,
dice Marco, le siguieron. Cualquiera pensaría que aquellos
que tuvieron la oportunidad de conocer al Señor Jesucristo desde
su infancia serían los primeros hombres y mujeres en abrazar
la salvación, la vida que él ofertaba de una manera
libre y gratuita. Cualquiera pensaría que esta
gente con quienes él convivió una buena parte de su vida serían
las personas más agraciadas y bendecidas de la bolita del mundo en su
generación. Cualquiera creería que ese pueblo
que vio crecer al Señor desde niño se iría en masa detrás de
Él para seguirle hasta el mismo cielo donde ascendió el Señor
después de la resurrección. Sin embargo, el intento del Señor
por darle a este pueblo de esa salvación gloriosa y eterna que
él vino a traer, fue triste y lamentablemente frustrada, como podemos observar
en este pasaje. Sus queridos compueblanos, los
nazareños, cuando le ofertaron esa salvación
que Jesús con Pueblano ofrecía, cerraron su corazón, cerraron
su mente, cerraron sus oídos al mensaje y a la oferta de gracia
que el Señor estaba allí brindándole de manera libre y gratuita. Ellos,
como podemos observar, por la ausencia de fe en sus corazones, cerraron las puertas a Cristo. El intento del Señor por llevarles
a los manantiales de la vida fue fallido, fue errado, fue
malogrado. Con tristeza vemos esa amarga
realidad. Ahora, ¿por qué? ¿Por qué fue
fallido el intento del Señor por llevarles las buenas nuevas
a ese pueblo donde él creció, donde él trabajó por años. ¿Por qué fue errado y malogrado
el intento del Señor por ministrarle a su querido pueblo, a sus compueblanos
y vecinos, donde él se crió y desarrolló una vocación de carpintero? ¿Por qué? ¿Por qué falló este
pueblo en creer en el Señor? Bueno, Marco lo pone bien claro
aquí. El intento fue fallido porque
el conocimiento que tenían de la conexión familiar del Señor
Jesucristo se convirtió para ellos en un gran prejuicio de
incredulidad. Se convirtió para ellos en una
piedra de tropiezo que les impidió abrir sus corazones, abrir sus
oídos, abrir sus mentes al mensaje salvador que el momento preciso e histórico de
sus vidas. Su conocimiento de la vida terrenal
del Señor Jesucristo como hombre le fue un muro, un gran escollo
que le impidió recibir el regalo de la salvación. Recordemos que
el Señor nació en Belén de Judá, tal como estaba profetizado.
Nuestro Señor desarrolló la mayor parte de su ministerio en Galilea,
tal y como estaba profetizado. Pero el Señor creció en Nazaret. Por eso se le llama en los evangelios,
en muchos lugares, Jesús de Nazaret. Por ejemplo, en Mateo 2.23, Mateo
21.11 y Mateo 26.71, nombran a Jesús como Jesús de Nazaret. Yo me imagino que nuestro Señor
en esos días en que estuvo en su pueblo para predicar el Evangelio,
visitó a su familia, fue donde sus amigos de crianza, con quienes
se crió, jugó y compartió de muchas maneras, fueron de sus
vecinos y relacionados para hablarles del amor de Dios, para hablarles
del perdón de sus pecados, para hablarles de la esperanza bienaventurada,
encarnada en Él mismo, quien estaba allí presentándole el
mensaje de salvación. Casa por casa, donde esos viejos
amigos, donde esas viejas amigas con quienes compartió su vida
durante años ahí en Nazaret. Pero hermano, este fiasco que
experimentó el Señor en sus días terrenales, allí en el seno de
su ciudad donde se crió, en el pueblo donde compartió su vida
con otros, ese fiasco que él experimentó Es una realidad que
experimentamos también nosotros en el día de hoy. Sucede también
lo mismo con nosotros. La gente más cercana a los creyentes
normalmente son los que menos quieren oírles hablar del Evangelio. ¿Sí o no? ¿No te pasa así? Lo
que están más cerca de ti son los que menos te quieren oír
hablar de Cristo, son los que menos te quieren oír hablar de
la salvación, son los que menos te quieren oír hablar de sus
pecados y de la necesidad que tienen de un Redentor. Te ponen mala cara, te ponen
el truño, te dan la espalda, y empiezan a sacarte en cara
tus propios pecados o los pecados de algún convertido, entre comillas,
que ellos conocen. Que no vale la pena convertirse. Cristo experimentó y bebió de
esa misma agua con sus confueblanos, con la gente que le dio crecer,
que le dio desarrollarse, con quienes jugó, compartió su vida. Él bebió de esa misma agua. del rechazo, del menosprecio.
Todo esto producido por la familiaridad que había entre ellos, la cercanía
que había entre ellos. El Señor se pasó varios días ahí
en su comunidad donde creció. Ahora dice Marco que cuando llegó
al día de reposo, Él fue a la sinagoga, fue a la sinagoga,
y en esa sinagoga estaba rodeado de esa misma gente que le dio
crecer, en esa sinagoga estaba rodeado de esa misma gente con
quienes compartió su vida, de esa misma gente a quienes él
le sirvió como carpintero. Aparentemente José fue el carpintero
de la ciudad, el carpintero famoso, el bueno en el pueblo, el buen
carpintero en el pueblo. Cuando alguien quería un carpintero,
¿a quién llamaban? A José. ¿Sabe qué recomendaban? Porque
ese era bueno. Trababa bien el clavo. Se ruchaba bien la madera. Necesita un carpintero. Ah, mira,
José es un buen carpintero. Trabaja bueno y barato. Ve allá.
Cuando José murió, naturalmente, ¿quién era el mejor carpintero
del pueblo? El Señor Jesucristo. prendió
el oficio para trabajar bien, no de manera chapucera, para
ser un buen carpintero. Ahí había gente sentado, esa
misma gente a quien él hizo trabajo, a quien él hizo trabajo de carpintería,
estaban sentados ahí, en la sinagoga, donde él fue, no como el aprendiz, como fue cuando era niño, adolescente. Él fue allí no para opinar de
algún tema de la Torah. Él no fue allí para sentarse,
a escuchar a los maestros de la ley, disertar acerca de alguna
doctrina bíblica. No. Él llegó aquí en calidad
de rabí, en calidad de maestro. en calidad de esto llegó a este
lugar para ministrarle la Palabra de Dios a esa misma gente con
quienes Él compartió sus días terrenales ahí en Nazaret. Ahora bien, notemos que ese rabí que estaba allí
entre ellos entre sus compueblanos no era un rabí común y corriente,
no era un rabí cualquiera. Allí delante de ellos estaba
nada más y nada menos que el propio Logos de Dios. Allí estaba
encarnado nada más y nada menos que la Palabra viviente del Señor,
Cristo mismo, en persona. encarnen en hueso. Estaba allí
convertido en la palabra de Dios. Estaba allí convertido en el
evangelio de salvación. Estaba allí encarnado en cuerpo
y en alma para ministrarle a esa misma gente con quienes él había
compartido su vida durante más de veinte largos años. en sus
días terrenales. Delante de esta gente de Nazaret
estaba la misma palabra de Dios que durante sus años de vida
había aprendido en ese mismo lugar cuando era un infante,
un adolescente, un joven todavía. Ahí estaba esa misma palabra que ellos habían escuchado durante
años leer en esa misma sinagoga. Estaba ahí hecha hombre, hecha
carne, esa misma palabra mediante la cual Dios creó los mundos,
los cielos y la tierra, y todo cuanto en ellos hay estaba ahí,
cara a cara, delante de sus ojos. Estaba ahí delante de sus familiares,
delante de sus vecinos, y pienso que también estaban ahí
su mamá, hermanos y hermanas. Es lo natural que así sea. Lo
normal es que si una familia muy cercana va a tener algún
ministerio en un lugar específico, ¿quiénes son los primeros que
llegan allí? familiares más cercanos. Hemos de entender que ahí estaba
cada uno de sus hermanos y sus hermanas con sus respectivas
familias, sentado ahí en primera fila para escuchar al rabí que
salió de su seno, que salió de sus propias entrañas. Cuando nuestro Señor y Salvador
Jesucristo abrió la Palabra de Dios, y abrió en consecuencia
Su boca, empezó allí a ministrar con una unción, con un poder,
con una sabiduría, que dice Marcos, que dejó a sus compueblanos boquiabierto. Dice el pasaje que muchos quedaron
atónitos cuando le oían. ¿Cómo quedaron ellos atónitos? Ese término griego atónico significa
estupefactos. Quedaron aturdidos, quedaron
desconcertados, boquiabiertos. Se quedaron ellos. porque naturalmente
ellos no podían concebir que un carpintero, hijo de una familia
pobre como la de José y María, podía tener tanto en la bola
para darles a ellos. De ahí lo estupefacto que estaban, de
ahí lo aturdido que estaban, de ahí lo desconcertado que estaban,
por el poder, la unción y la gracia que se derramaba a través
de los labios de nuestro Señor mientras le ministraba a ellos
la palabra de Dios. Ahora, ¿qué pasaje de la Biblia
fue que Cristo leyó y que produjo una reacción tan espectacular
en sus oyentes? Bueno, Lucas capítulo 4, verso
17, nos dice que el Señor abrió la
tora en Isaías. Y dice Marco, aquí en este pasaje,
que se le entregó el rollo del profeta Isaías. Y cuando abrió
el rollo, encontró el lugar donde estaba escrito. El Espíritu del
Señor está sobre mí, porque me ha unido para anunciar buenas
nuevas a los pobres. Me ha enviado para proclamar
libertad a los cautivos y vistas a los ciegos, para poner en libertad
a los oprimidos y para proclamar el año agradable del Señor. Ese fue el pasaje que él leyó.
En ese texto, nuestro Señor leyó el libro de Isaías. Dice Lucas, después de enrollar
el libro y de devolverlo al ayudante, se sentó y los ojos de todos
en la sinagoga estaban fijos en él. Entonces comenzó a decirles,
hoy se ha cumplido esta escritura en vuestros oídos. Y hermanos, esa información era
la que sus vecinos no estaban dispuestos a aceptar como buena
y válida, como algo real. y verdadero. Ellos no estaban
dispuestos a digerir esa información. Hoy se ha cumplido esa Escritura
en vuestros oídos. Dice Lucas, verso 22, todos daban
testimonio de él y estaban maravillados de las palabras de gracia que
salían de su boca y decían, ¿no es este el hijo de José? Entonces,
Él les dijo, sin duda, me diréis, este refrán, médico, sánate a
ti mismo. Hemos oído que sucedieron tantas
cosas en Capernaum, haz lo mismo también aquí en tu tierra. Y
añadió, de cierto os digo, que ningún profeta es aceptado en
su tierra. ¡Qué triste realidad! Que aquellos
que son tus seres queridos, para quienes tú quieres lo mejor de
lo mejor, le echazan el plato mejor que tú puedes darle, el
del mensaje del Evangelio. Cristo vivió de esa agua amarga,
muy amarga para Él. Observemos el cuadro de cerca,
ahí estaba el Nazareno, nuestro Señor Jesucristo, delante de
ese grupo expectante, de lo que él le iba a enseñar. Aquella gente llegó a la sinagoga
con la necesidad apremiante de un mensaje de aliento, de un
mensaje de consuelo. de un mensaje de esperanza que
aliviara las aflicciones, las penas y tristezas que agobiaban
sus vidas por las múltiples necesidades que padecían. Así llegaron a
la sinagoga, muy necesitados, muy necesitados de un mensaje
de aliento, de esperanza, de fortaleza para seguir batallando
en este valle de lágrimas. Ellos esperaban una gota de agua,
de agua de vida. Sin embargo, nuestro Señor no
les dio una gota de agua de vida, les presentó ante sus ojos un
océano de agua de vida y los invitó a beber de él. Sin embargo,
estaban Estaban muy, muy, muy saciados en su propia opinión
para beber tanta agua. Faltaba fe en sus corazones.
Faltaba esta gracia mediante la cual el hombre puede beber
de esa agua de vida que brota de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Esa era su condición, ese era
su estado, por eso rechazaron no solamente una gota de agua
de vida, rechazaron el océano completo que nuestro Señor le
ofertó de manera gratuita, de manera libre, de manera abundante. Hoy se ha cumplido esta Escritura
en vuestros oídos. Aquí está nada más y nada menos
ese hombre ungido por el Espíritu Santo y enviado a su pueblo para
brindarle libertad a los cautivos, para brindarle libertad a los
oprimidos, para brindarle el año agradable del Señor. Está aquí delante de vosotros.
Recíbanlo. ¡Recíbanlo! Sin embargo, la reacción de ella,
de ellos, ante ese océano de vida que le
brindó el Señor Jesucristo, no se hizo esperar. Y decían, ¿de
dónde le vienen a éste estas cosas? ¿Qué sabiduría es esta
que le ha sido dada? ¿Cuántas obras poderosas son
hechas por sus manos? exclamaban ellos. Al oír, al ver al Señor, ellos
reconocían la sabiduría, reconocían las obras poderosas que eran
hechas por las manos de nuestro Salvador, sabían que era que
eran obras extramundos, sin embargo, no estaban dispuestos a creer
en Él como el Mesías. No estaban dispuestos a creer
en Él como Dios manifestado en carne. No estaban dispuestos
a creer en Él como el Salvador, que anuncia buenas nuevas a los
pobres, que anuncia libertad a los cautivos, que anuncia vista
para los ciegos. Ellos no estaban dispuestos a
creer tales doctrinas y enseñanzas de los labios de su compueblano,
el Señor Jesucristo. Se limitaron a preguntar de dónde
le vienen a este carpintero estas cosas, de dónde le vienen a este
clavaclavo estas cosas, de dónde le vienen estas cosas a ese cerruchero
de madera. ¿De dónde le viene? Porque obviamente
no es de Dios. ¿Saben qué es eso? Incredulidad,
incredulidad. Ese es el nombre que da la Biblia
a esa actitud, a esas preguntas. Incredulidad. No es otra cosa
que eso. ¿De dónde procede esta sabiduría,
esa capacidad para hacer obras poderosas? ¿De dónde vienen? Cristo le respondió en palabras
bien llanas y simples. El Espíritu del Señor está sobre
mí porque me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres, me
ha enviado para proclamar libertad a los cautivos y vistas a los
ciegos, para poner en libertad a los oprimidos y para proclamar
el año agradable del Señor. Entonces, comenzo a decirles,
hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos. En otras palabras, Eso es verdad. Eso es así. El dilema que tuvieron aquellos
nazarenos lo tenemos nosotros ahora. Aquí tenemos el Cuerpo
de Cristo, la Iglesia, predicando el mismo mensaje del Señor a
gente igualmente necesitada como aquellos nazarenos. Tenemos las
pruebas irrefutables que demuestran la veracidad y autenticidad,
la eficacia del mensaje del Señor. Sin lugar a duda, el Evangelio
es el poder de Dios, ayer, hoy y siempre, para salvación de
todo aquel que cree, de manera definitiva y para siempre el
Evangelio trae salvación a quien lo recibe, lo cree y lo aplica
a su vida. Esto que fue verdad ayer, sigue
siendo verdad en el día de hoy. Sigue siendo así, ahora mismo,
aquí entre nosotros. Tristemente observamos que como
en los días de los nazarenos, cuando el Señor les visitó con
el manjar de la salvación, nuestros familiares, amigos y vecinos
se resisten a creer. No quieren creer que el Señor
tiene el poder para sacarles del cautiverio de la muerte espiritual
en que se encuentran. ¿No quieren creer que el Señor
tiene el poder para darle vista a sus ojos ciegos para que puedan
conocer el mundo espiritual que les rodea? ¿Se niegan a ser rescatados
de la opresión del príncipe, de este mundo satanás donde son
esclavos del pecado, pecado que les arruina y desgracia sus vidas? Porque ¿qué hace el pecado que
tanto amas y por el que tanto rechazas al Señor? ¡Degraciarte! ¡Arminarte en cuerpo y en alma! Para apuntalar sus dudas, para
justificar su actitud de incredulidad. Los compueblanos del Señor trajeron
delante de sus ojos el oficio del Señor y a los familiares
del Señor para justificarse su incredulidad. ¡Qué terribles
somos! ¡Qué terribles somos! Lo que
debió ser un puente para llevar a Jesucristo, ¿qué fue lo que
hizo? alejarle del Señor, las mismas bendiciones que nos deberían
acercar al Señor, que hacen muchas veces alejarnos del Señor. ¿No es este el carpintero? ¿Ven qué expresión más despectiva
y arrogante? ¡Hijo de esa María que vive allí
al doblar de la esquina. ¡Hermano! De ese Jacobo, de ese
José, de ese Judas, de ese Simón y de esas hermanas que están
por ahí, no es éste. El incrédulo siempre buscará
dónde justificar su incredulidad, siempre buscará un clavo de dónde
agarrarse. Eso es viejo, eso no es de ahora. Eso es viejo, hermano. Buscar
un clavo de dónde agarrarse, aunque sea un clavo caliente,
se agarran de ahí, para justificar su actitud y su rechazo, su incredulidad. Ellos no pueden creer que ese
obrero de la madera, que ese carpintero, hijo de carpintero,
hijo de esa ama de casa llamada María, sea el Cordero de Dios que quita
el pecado del mundo. No conciben tal cosa. Ellos no reconciben que el hijo de María, el hermano
de Jacobo, el hermano de José, el hermano de Judas y de Simón
sea el Mesías. Ellos no conciben eso. No están
dispuestos a creer tal cosa. Esas fueron las excusas que ellos
emplearon para justificar el rechazo del mensaje de su compueblano. el Señor Jesucristo. Ahora, ¿cuáles
son las excusas que tú usas? Aquellas fueron las excusas
de ellos, ahora, ¿cuáles son las tuyas? ¿Cuáles son tus excusas? ¿Cuáles son las excusas por las
cuales quieres justificar tu incredulidad, tu falta de rendimiento
a Cristo para que Él sea tu Señor y Salvador? ¿Cuáles son las excusas
por las cuales tú no quieres venir en arrepentimiento y en
fe? como debieron venir aquellos. Haz una lista de tus excusas. Ahora bien, hagamos un paréntesis
aquí, un paréntesis. A la luz de las preguntas que
hicieron los nazarenos, quienes preguntaron, ¿no es este
el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de
Juda y de Simón? ¿No están también sus hermanas
aquí con nosotros? A la luz de esa pregunta, yo
pregunto a la audiencia, ¿no tuvo María más hijos? después
de haber dado a luz a su primogénito? ¿Cómo afirman los papistas que María no tuvo
más hijo después que tuvo a su primogénito? Bueno, lo que yo
leo aquí, según el testimonio que dan los compueblanos del
Señor, lo que nos conocieron desde chiquitico, lo que conocieron
a María desde que se mudó a ese pueblo, según el testimonio de
esta gente, que recordemos el testimonio del Espíritu Santo,
porque lo que está aquí fue inspirado por el Espíritu Santo de Dios. Esto no es palabra de hombre,
es palabra de Dios. De acuerdo al testimonio de estos
vecinos de María y vecinos del Señor Jesucristo. ¿Qué es lo
que tenemos aquí? Que María tuvo cinco varones
y por lo menos más de una hembra. Porque aquí dice hermanas, plural,
más de una. Más de una había, más de una
hembra. Cinco varones Uno sin pecado,
cuatro pecadores, más las hermanas pecadoras que también. Ella engendró
con su esposo José. Uno hijo del Espíritu Santo y
otros, y otras hijos e hijas de José. Eso es lo que dice ahí,
hermanos. Todo lo que esté fuera de ahí.
Oiga bien, es herejía, no otra cosa. ¿Fue María concebida inmaculadamente
sin pecado original, a la luz de la pregunta de estos compueblanos
de María? No, hermanos. ¿Nunca pecó María? En el Santo
Rosario, mi abuela María Paredes me enseñaba a rezar de la siguiente
manera. Santa María, Madre de Dios, sin
pecado concebida. Eso es falso. Abuelita, eso es
falso. María no fue concebida sin pecado. Fue concebida siendo pecadora. Ahora, lo primero que debemos
de citar para refutar ese error promovido en el catolicismo romano
por siglos, y uno escucha estas cosas, estas letanías, todos
los días en los funerales y en los famosos nueve días donde
cada día van allí los rezadores a recitar esas mismas expresiones
cargadas de herejías, Lo primero que debemos de citar son las
propias palabras de María, para que ella misma se encargue de
refutar el error. Si usted va, por ejemplo, a Lucas
capítulo 1, verso 46 al 47, no de aquí lo que dice María, María
hablando, inspirada por el Espíritu Santo, naturalmente. Entonces
María dijo, engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se regocija
en Dios, mi Salvador. Pero María, pero si tú eras sin
pecado, ¿y de qué te salvaron a ti? Porque tú fuiste concebida
sin pecado original, ¿y de qué te salvaron a ti María? Esa es
la pregunta que hay que hacer, ¿verdad? Obvia. ¿De qué te salvaron
si tú fuiste concebida por un milagro del Espíritu Santo a
la usanza del milagro que usaron con el Señor Jesucristo? Sin
pecado fuiste concebida. Dice ella aquí que alaba a Dios
porque el Señor fue su salvador. ¿La salvaron acaso de una enfermedad
incurable? ¿Fue de eso que fue salva ella?
¿La salvaron de alguna necesidad temporal apremiante que padecía? Hermano, fue de su gracia. ¿De
eso es que ella está hablando ahí? Por supuesto que no. Estaba
hablando de la salvación de su alma. De eso es que está hablando
María aquí. De eso fue que la salvaron a
ella, de los pecados y del pecado original. De ahí fue que ella
fue redimida por la gracia de Dios. por la gracia de Dios. Por eso está aquí engrandeciendo
al Señor con toda su alma, por esa obra de gracia que el Señor
había hecho en su vida. María era una pecadora. El testimonio
de la historia así lo confirma. Agustín Dispona, quien vivió
en el año 300, uno de los padres de la iglesia, decía, María murió
por causa del pecado original transmitido desde Adán a todos
sus descendientes. María murió como muere todo el
mundo aquí en la tierra. De enfermedad natural. Murió. No es verdad que fue arrebatada
en una nube y llevada al cielo sin ver muerte, eso es falso. María murió producto de que ella
era pecadora. El Papa León I, en el año 440,
un pastor de allá de Roma, Escribió lo siguiente, sólo el
Señor Jesucristo entre los hijos de los hombres nació inmaculado,
porque Él sólo ha sido concebido sin la suciedad y la concupiscencia
de la carne. Un papa romano dijo eso. Y Anselmo, quien vivió en el
año del 1033 al 1109, dijo, si bien la concepción de Cristo
ha sido inmaculada, no obstante, la misma Virgen de la cual Él
ha nacido, ha sido concebida en la iniquidad y nació con el
pecado original, porque ella pecó en Adán, así como por Él
todos pecaron. Termina la cita. Así pensaban
los padres de la iglesia. Y es triste uno oír esas barrabasadas
del catolicismo romano que han sido propagadas por años y que
a tantos llevan al infierno y que hoy se mantienen apegados de
esas mismas tradiciones que no tienen ningún tipo de base bíblica,
ningún tipo de fundamento escritural. Finalmente, hermanos, observemos
el asombro del Señor Jesucristo ante la incredulidad de Sus convueblanos. les decía, no hay profeta sin
honra sino en su propia tierra entre sus familiares y en su
casa y no pudo hacer allí ningún hecho poderoso sino que sanó
a unos pocos enfermos poniendo sobre ellos las manos estaba
asombrado a causa de la incredulidad de ellos y recorría las aldeas
de alrededor enseñando. Y hermanos, esto está aquí para,
¿saben una cosa? ¿para qué? para enseñarnos nosotros cuán difícil
es predicarle a la familia, a los amigos y relacionados más cercanos. Fue difícil hasta para nuestro
Señor y Salvador Jesucristo. Y si para Él fue difícil, si
para Él fue una tierra árida, seca, el corazón de sus seres queridos
y familiares, vecinos, con pueblanos, no cree que para usted va a ser
diferente. Ahora, algo interesante, Cristo sabía que eso era así,
sin embargo, fue allí, fue donde ellos, y le llevó la misma medicina
que le había dado a todos los que no estaban tan cerca del
Señor, como los Galileos. Le llevó la misma medicina. ¿Saben
para qué? Para que en el día final no tengan
una sola excusa. Hermanos, seamos fieles y persistentes
en predicarle una y otra vez a nuestros familiares. Comencemos
en Jerusalén. ¿Cuál es nuestra Jerusalén? Nuestra
propia casa. Comencemos ahí. Seamos persistentes. No cejemos. Ante la incredulidad,
la indiferencia, las burlas, el sarcasmo con que muchas veces
nos tratan, porque son sarcásticos. Médico, cúrate a ti mismo. Y esa ira, eso no es de cristiano. Y esto y aquello y lo otro, y
empiezan a sacarte por ahí cuchumiles, faltas, errores y pecados. Sí, mis faltas son reales y verdaderas,
pero yo las reconozco, me arrepiento y hago un esfuerzo por apartarme
de ellas. Pero si tú crees, ¡va para el
infierno! Si no te arrepientes, el juicio
eterno te aguarda. Mis pecados son reales, pero
sus pecados Cristo los llevó a la cruz del Calvario y allí
Él pagó por mí. Fui liberado. una vez y para
siempre. Esa es la diferencia entre tu
estado y mi estado, tu condición y mi condición. De ahí mi invitación. Ven a Cristo. Tú necesitas un
Salvador. La proximidad y familiaridad
de los habitantes de Nazaret se convirtieron en un escollo
para oír con fe al Señor. en un escollo para apreciar y
valorar el mensaje del Señor Jesucristo, su antiguo vecino,
su antiguo vecinito, su antiguo carpinterito. Y no pudo hacer allí ningún hecho
poderoso. ¡Qué terrible! Él fue allí con
el fin de hacer hechos poderosos. Ahora, la esterilidad de sus
corazones, incrédulo, impidió tal cosa. Sanó a unos pocos,
y note bien, poniendo sobre ellos las manos, o sea que, ahí se
desplegó el poder que jamás se había desplegado por esa, hace
alguito ahí, alguito ahí, entre esa gente menesterosa y necesitada. Poniéndole la mano, o sea, una obra especial, muy especial. Señor Sanáfana, hágase conforme
a tu deseo y ya, se huyó la enfermedad, pero aquí tuvo que poner la mano, poner las manos. Amados hermanos,
esto nos enseña a nosotros que la incredulidad de nuestros familiares
y amigos cercanos cerrarán y cierran los canales de la gracia de Dios,
los canales de la misericordia de Dios para bendecir a nuestros
seres queridos. Es triste cuando eso pasa. Ver
como la incredulidad le cierra la puerta de la bendición de
Dios sobre sus vedas. Es triste verlo como se despedazan,
como leprosos. arruinando sus vidas, destruyendo
sus posesiones materiales, las bendiciones que Dios le da en
su gracia común, como la tiran por la borda y después andan
ahí azastrándose, pidiendo una gota de agua, cuando
desparramaron y desperdiciaron tanques enterros. Es triste ver esas cosas y usted
le enseña el camino, el camino de la verdad, el camino de la
vida. Ellos persisten en andar en ese
mundo donde lo único que hayan es muerte
y más muerte, ruina y más ruina, miseria y más miseria, pobreza
y más pobreza. y se sienten a gusto allí, arruinando
sus vidas morales, sus vidas familiares, su vida económica,
su vida laboral, su vida desgraciándose. Es triste ver la familia de uno
en su estado. Sé que a estas cosas le partieron el corazón
al Señor Jesucristo. Madre de Cristo, experimentado
gozo supremo de ver a ese hombre a quien él le fabricó una casa
donde él ganó dinero venir a sus pies para recibir el regalo de
la salvación y a la vida eterna para vivir con Cristo por siempre
no en un rancho de madera sino en una casa de oro en los cielos estas cosas descorazonaron al
Señor Jesucristo Finalmente, hermano, lleguemos a la siguiente conclusión
de cara a estos nazarenos vecinos del Señor. Créanme, grande fue el privilegio
de esta gente. Por casi 30 años, esta gente
estuvieron caminando por sus calles, andando en su vecindario,
Aquel a quien Dios envió a este mundo
para ser el Salvador de su pueblo. ¡Qué privilegio tuvieron esta
gente! Sin embargo, no les sirvió de
nada cuando el Señor les vino a predicar el Evangelio, cuando
vino como carpintero no carpintero de martillo y cerrullo de madera
y de hierro sino como carpintero espiritual para construir sus
vidas no con los materiales como la madera que solo come la carcoma
y acaba con todo, sino con esos materiales de naturaleza eterna. Como bien enseña II Corintios
5.1, sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo,
se deshiciere, tenemos de Dios una casa, no hecha de manos,
eterna en los cielos, un edificio, dice el apóstol Pablo. Esta gente
desecharon ese carpintero que había de hacer ese nuevo edificio
donde ellos habían de vivir no por una temporada de sesenta
años setenta, ochenta años, por la eternidad por la eternidad
oh mis hermanos nos puede pasar lo mismo que a ellos porque nos
podemos llegar a familiarizar tanto con la iglesia con la Palabra
de Dios, con los cánticos, con la oración, con la Santa Cena,
con los pastores, que lleguemos a menospreciar esas cosas. Aquellos que estaban tan relacionados
y familiarizados con el Señor Jesucristo que llegaron y cayeron
en el terreno del menosprecio, de la infravaloración de su persona. Lo que le pasó a los nazarenos,
hermanos, es una realidad de la cual también nosotros debemos
de cuidarnos. Porque la familiaridad con las
cosas, todos los días y cada rato, nos puede acostumbrar tanto
a eso que perdamos de vista el valor, la importancia, la trascendencia
que eso tiene para nuestras vidas. De hecho, alguien ha dicho que
nadie sabe lo que cuesta una cosa que tiene realmente valor
hasta que no lo pierde. Cuando lo perdió, Ah, pero espérate,
esto era valioso. Ahora me doy cuenta que no lo
tengo. La familiaridad no puede llegar
y podemos caer. en esa condición en la cual no
le prestamos atención, no le damos valor, no le damos el lugar
absolutamente importante que tienen las cosas de Dios para
nuestras vidas en esta tierra y en la vida venidera. ¿Cuál área de tu vida ha sido
afectada por la familiaridad con que tú has estado tratando
los negocios del Señor en tu vida? ¿Cuál área de tu vida ha
sido afectada como fue afectada en los nazarenos su vida por la familiaridad que
tenían con el Señor? ¿No será esa la causa por la
cual muchos no vienen al culto de oración porque no le ven la
importancia absoluta que eso tiene para tu vida de piedad?
¿No será esa la causa? Estás tan familiarizado con eso
que ya no le ves la importancia. ¿No será esa la causa por la
cual tú lees tan pocas veces la Biblia en el día y no tienes
un devocional familiar? Porque está tan familiarizado
con el mensaje del Evangelio que ya no le ve la utilidad y
la importancia para tu vida cotidiana. ¿No será esa la causa? No será
esa la causa por la cual tú vienes y punchas el domingo en la mañana
después de la escuela dominical y te ausenta. hasta el próximo
domingo y te ausenta del culto despertino, no será la familiaridad
con los cultos lo que ya te ha hecho perder la relevancia que
estas cosas tienen para tu propia vida y formación y equipamiento
espiritual para tu vida temporal y eterna. Hermanos,
cuidémonos de ese espíritu que afectó tan terriblemente a los
nazarenos. Muchos de esa gente están en
el infierno hoy lamentando haber rechazado al Señor por
esa familiaridad y cotidianidad con que ellos fueron afectados. ¿Cuál es la razón y la causa
por la cual tú no te arrepientes? ¿Te has familiarizado tanto con
la religión de tus padres que has llegado a pensar que hoy
eres inmune a tu necesidad de un Salvador, de un Redentor? que te libere de la esclavitud
del pecado que terminará arruinándote en la tierra y mandándote al
infierno por eternidad hijos guardados de ese pecado
que afectó a los nazarenos ven tanto a vuestros padres ejercitándose
en la piedad que llegan a estar tan familiarizados con eso que
se quedan solamente en el cascarón, en el cascarón de la religión
de sus padres y no van al corazón del asunto, a tener un encuentro
redentor y salvador con nuestro Señor y Salvador, Jesucristo,
la cual es la más absoluta necesidad que vosotros tenéis y tendréis
por siempre en este mundo. no te familiarice, no crea que
todo está bien cuando todo no está bien, en realidad está muy
mal. Como lo exclaman los nazarenos. ¿Quién es éste? Esa fue su respuesta a la oferta
del Señor. ¿Quién es éste? ¿No es esa tu
actitud? ¿Quién es Cristo para que yo
le entregue mi vida a Él? ¿Quién es Cristo para que yo
le sirva a Él? ¿Quién es Cristo para que yo le adore a Él? ¿Quién
es Cristo para que yo le conozca a Él? ¿Quién es éste? ¿Es esa
tu actitud? ¡La misma! Se llama incredulidad. Te llevará al infierno. Si no,
te arrepiente. Quiera Dios darte, quiera Dios
darte, de ese manjar exquisito que le fue servido a los mazarenos
y que domingo por domingo se te sirve aquí en este lugar y
que día por día se te sirve en el devocional en tu casa y tú
lo he estado despreciando porque estás revestido de ese mismo
espíritu de los mazarenos con él te irá al infierno si no te
arrepientes con Él desgraciará tu vida aquí en la tierra si
no te arrepientes. ¡Oh, que Dios te dé ternura para
ver tu urgente necesidad de ese Nazareno que vino a salvar tu
alma!
La incredulidad en Nazaret
Series Evangelio Marcos
La incredulidad en Nazaret
| Sermon ID | 1122451064782 |
| Duration | 1:01:42 |
| Date | |
| Category | Sunday - AM |
| Bible Text | Mark 6:1-10 |
| Language | Spanish |
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