00:00
00:00
00:01
Transcript
1/0
Hermanos, vamos a abrir nuestras
Biblias, por favor, en Filipenses capítulo 1 y vamos a leer el
verso 6. Después de esta lectura vamos
a venir en oración al Señor. Dice así la palabra de Dios. estando persuadido de esto, que
el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará
hasta el día de Jesucristo. Amén. Vamos a orar al Señor. Padre nuestro que estás en el
cielo, Te damos gracias, Padre, por la oportunidad que nos has
dado de adorar, de exaltar tu precioso nombre por medio de
la lectura de tu palabra, por medio de los cantos, Padre, por
medio de nuestras ofrendas, Dios eterno. Ahora ha llegado el momento,
Padre, de escuchar tu palabra, Señor. Ayúdanos, Padre, a recibirla,
Señor. Señor, que podamos estar reverentes,
Señor, y que Tu Espíritu Santo esté obrando en nosotros para
que recibamos esta Palabra de verdad, Señor. Ayúdame, Padre,
a ser un expositor fiel de Tu Palabra. Quita todo pensamiento
humano que hay en mí, Señor, y que puedo yo hablar, Señor,
lo que emane de Tu Palabra. Te lo pido, Dios eterno, en el
nombre de Cristo Jesús, nuestro Salvador. Amén y Amén. Hoy llegamos hermanos al último
punto de las doctrinas de la gracia que hemos estado estudiando
en estos domingos. Hasta ahora hemos visto los cuatro
primeros puntos, y antes de entrar en el último, hagamos un repaso
rápido para tener el contexto claro. Vimos primeramente la
depravación total del hombre. Esta doctrina, hermanos, nos
muestra la gravedad del pecado en el ser humano. La caída nos
ha afectado de tal manera que por nosotros mismos somos incapaces
de buscar o agradar a Dios. Nuestra voluntad está tan corrompida
que necesitamos de su gracia para responder a él. Después
vimos la elección incondicional. Dios, en su soberanía y misericordia,
elige aquellos que serán salvos, no basado en ninguna obra o mérito
en ellos, sino solamente en su voluntad. La salvación depende
enteramente de su gracia, no de algo que hagamos o merezcamos
por nuestras obras. Luego vimos expiación limitada.
Cristo murió de manera específica y eficaz por los elegidos de
Dios. Su sacrificio en la cruz no sólo
hace posible la salvación, sino que asegura que todos aquellos
que el Padre le ha dado serán redimidos. Entonces, su obra
es eficaz y cumplirá su propósito. Y el que vimos la semana pasada
fue gracia irresistible. Cuando Dios llama a alguien,
este llamado, hermanos, es tan poderoso que el corazón de la
persona es cambiado y responde con fe y arrepentimiento. La
gracia de Dios vence cualquier resistencia, transformando al
pecador para que acuda a él libremente y con un deseo genuino de seguir. Hoy nos toca estudiar el quinto
y último punto, que es la perseverancia de los santos. Esta doctrina, hermanos, es la
más aceptada en círculos protestantes, aunque frecuentemente es malinterpretada. Algunos la rechazan pensando
que promueve una licencia para pecar. Otros, de manera inconsciente,
la aceptan como una justificación para vivir en desobediencia. Personalmente, hermanos, cuando
escuché esta doctrina por primera vez, sentí un gran alivio. Ya les he platicado de esto.
venía de un trasfondo legalista, de un sistema de salvación por
obras que sólo traía desilusión y desaliento, pues es imposible
llegar por nuestras fuerzas al 100% que pide el Señor. Vivía tratando de alcanzar una
perfección que no lograba, y cuando escuché por primera vez que mi
salvación estaba segura en el Señor, que nada ni nadie podría
arrebatarme de su mano, esto fue impactante para mí. Trajo,
en verdad, mucha paz a mi vida. Lamentablemente, en la congregación
donde escuché esta doctrina, también había una interpretación
que distaba mucho de lo que en realidad enseña esta doctrina. Recuerdo que una vez le preguntaron
al pastor qué pasaría si una persona caía en adulterio, permanecía
en él, y moría, y no tenía tiempo para arrepentirse, y su respuesta
del pastor fue, si ya aceptó a Jesucristo como su Salvador,
no pasa nada, esa persona está en el cielo. El enseñar esto,
hermanos, trajo consecuencias para la iglesia, porque en verdad
había mucho pecado en la iglesia, Y pues no pasaba nada. Aquellos
que ya habían aceptado a Cristo ya estaban seguros en el Señor
y no podían perder su salvación. Para estos hermanos no importaba
la vida que se llevara después de aceptar a Cristo. Podían tener
problemas de inmoralidad, podían tener problemas con el alcohol.
Mientras hubieran aceptado a Cristo, eso bastaba. Ya estaban seguros
en el Señor. Entonces, hermanos, ¿qué nos
enseña esta doctrina realmente? La perseverancia de los santos
afirma que todos aquellos que Dios ha elegido, que han sido
regenerados por el Espíritu, van a perseverar en la fe hasta
el fin. Esta seguridad, hermanos, es
obra de Dios y depende de su poder, pero eso no significa
que nos dé igual como vivamos. Todo aquel que ha sido verdaderamente
llamado por Dios mostrará frutos de una vida transformada. La
seguridad que tenemos, hermanos, no es una invitación al pecado,
sino un llamado a vivir en santidad, porque Dios cuida de sus hijos
y esa obra se va a ver reflejada en la vida de los que Él ha escogido. Una vez en el bachillerato tuve
un maestro de historia que nos hablaba sobre la reforma protestante
en una clase. Nos dijo, después de Lutero vino
otro loco llamado Juan Calvino, que decía que ya todo estaba
predestinado por Dios y que no importaba lo que hicieras, si
eras elegido por Dios te irías al cielo. Y muchos pensamos erróneamente
que de esto trataba la predestinación. Esa es una visión superficial,
hermanos, de esta doctrina. Claro que importa cómo vivimos,
es relevante y tiene peso delante de Dios. Todo aquel que ha sido
elegido por Dios ha sido llamado irresistiblemente por su espíritu
y esa obra de Cristo en su vida lo llevará a vivir de acuerdo
a esa nueva naturaleza. La perseverancia de los santos,
hermanos, al final no es una excusa para hacer lo que queramos,
es la certeza de que Dios terminará lo que comenzó en nosotros. Esta doctrina, como las demás,
hermanos, nos impulsa a actuar, no sólo a permanecer pasivos.
Aunque sabemos, hermanos, que ningún verdadero hijo de Dios
puede caer de la gracia, ninguno se va a perder, También encontramos
en las Escrituras constantes advertencias para que nos mantengamos
firmes en Cristo, recordándonos el riesgo de aquellos que no
perseveran hasta el final. Pensemos en esto con un ejemplo.
En casa podemos tener un líquido peligroso, que si se ingiere
podría ser fatal. su empaque lleva una advertencia
clara que dice no ingerir y en caso de hacerlo acudir a emergencias
¿no? aunque nuestros hijos hermanos
no comprenden completamente el peligro nosotros vigilamos que
no tengan acceso a ese líquido si vemos que se acercan ¿qué
hacemos? ¿los detenemos? ¿les advertimos? Y si nos desobedecen y toman
el envase, ¿qué hacemos? Los disciplinamos también para
que comprendan el riesgo que lleva tomar de aquel envase,
de aquel líquido. La advertencia está ahí. ¿Es
una realidad? Sí, es una realidad. Pero nosotros,
hermanos, nos aseguramos que aprendan y que se mantengan a
salvo. De igual manera, podemos imaginar
el cuidado que nuestro Padre Celestial tiene por nosotros.
Aunque estamos en constante riesgo de caer, hermanos, Él nos guarda
con amor, con exhortación y a veces con disciplina también, para
que no caigamos de Su gracia, asegurándose también de que no
nos apartemos de Su gracia. Vamos a leer, por favor, Romanos
capítulo 8, verso 30. Romanos 8, verso 30. ¿Estamos
ahí? Dice la palabra de Dios, y a
los que predestinó, A éstos también llamó, y a los que llamó, a éstos
también justificó, y a los que justificó, a éstos también glorificó. Hermanos, hemos visto lo que
Dios ha hecho, hace y hará en la vida de sus elegidos. Nuestra
salvación está segura en sus manos. Ninguno de los que Él
haya amado se perderá. y la victoria final está asegurada
por su gracia. Entonces, ¿qué nos corresponde
hacer como hijos de Dios? No para añadir a esta salvación,
que ya está completa en Cristo, sino para vivir como hijos de
Dios. Aunque estamos seguros en Él,
esto no nos exime del llamado, hermanos, a la batalla espiritual.
debemos esforzarnos y perseverar en nuestra vida cristiana, no
como una condición para ser salvos, sino como una respuesta fiel
a su gracia que nos transforma y nos capacita para perseverar
hasta el final. Nuestra perseverancia es, en
última instancia, una evidencia de la obra de Dios que nos sostiene
y nos guía en cada paso. Vamos a ver ahora, hermanos,
qué nos enseña la escritura acerca de eso. La escritura nos enseña
que si en verdad somos hijos de Dios, nuestra fe debe perseverar
hasta el final. Vamos, por favor, a 1 Corintios,
capítulo 15, y vamos a leer el verso 1 y el verso 2. 1 Corintios,
capítulo 15, versos 1 y 2. Aquí el apóstol Pablo, hermanos,
nos recuerda la importancia de perseverar en la fe. Dice, además os declaro, hermanos,
el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis,
en el cual también perseveráis, por el cual asimismo, si retenéis
la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis
en vaino. Hemos visto, hermanos, que ninguno
de los hijos de Dios se va a perder, porque el Padre está detrás de
ellos. Pero aquí, hermanos, Pablo nos
recuerda la importancia de perseverar nosotros en la fe. Aquí Pablo
utiliza palabras como perseveráis y retenéis, indicando, hermanos,
que nuestra fe debe ser activa y continua. La perseverancia, hermanos, es
una muestra de que Dios está obrando en nosotros, manteniéndonos
firmes en la fe. Sin esta perseverancia, hermanos,
existe el riesgo de que nuestra fe inicial haya sido solamente
superficial, sin una comprensión genuina del pecado y sin un verdadero
amor por Dios, como lo vemos mucho en estos días. ¿Cuántos
entran a la iglesia? ¿Cuántos levantan su mano queriendo,
eh, diciendo que quieren aceptar a Cristo? Y al poco tiempo ya
los vemos en los mismos pecados de antes. La perseverancia, hermanos,
es también un mandato firme de Dios que espera que sus hijos
se mantengan fieles hasta el final, no sólo por un tiempo,
sino hasta el final. Ahora vamos a 2 Timoteo, capítulo
2, Versos 11 y 12 Segundo Timoteo 2, 11 y 12 Dice
así la palabra de Dios Palabra fiel es ésta. Si somos muertos
con él, también viviremos con él. Si sufrimos, también reinaremos
con él. Si le negaremos, él también nos
negará. Algunos traducen, hermanos, la
palabra sufrimos como perseveramos. O sea, si perseveramos, también
reinaremos con él. Lo cual reafirma que esta perseverancia,
hermanos, es esencial en la vida cristiana y no es solamente una
opción, un consejo que nos da nuestro Dios, sino que es un
mandamiento que nosotros tenemos. Pablo y los demás escritores
del Nuevo Testamento hablan así, hermanos, porque esta enseñanza
fue centrar en las palabras del Señor Jesucristo. En Marcos 13,
13 dice el Señor, y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre,
mas el que persevere hasta el fin, ¿qué dice? Este será salvo,
el que persevere hasta el fin. Cuando se le aparece a Juan en
Apocalipsis capítulo 2, verso 10, el Señor exhorta, sé fiel
hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida. Sé fiel
hasta la muerte. ¿Qué es esto? Perseverar. Por
lo tanto, hermanos, la perseverancia no es una sugerencia. Al final,
¿qué es? Un mandato del Señor. La verdadera
perseverancia, hermanos, es el fruto de su gracia en nosotros,
sosteniéndonos en la fe. Esto no significa que no enfrentaremos
dudas o momentos de oscuridad espiritual. La perseverancia,
hermanos, no es perfección y habrá tiempos difíciles. Sin embargo,
esta perseverancia implica que aunque podamos enfrentar luchas,
y en algunas de ellas podamos caer, al final nos levantaremos,
no renunciaremos a Cristo, porque Dios mismo, hermanos, nos sostiene
para que no lleguemos al punto de apartarnos completamente de
Él. Un ejemplo importante es el de
Saúl, como se menciona en Hebreos, capítulo 12, del 15 al 17, leo
para ustedes. Mirad bien, no sea que alguno
deje de alcanzar la gracia de Dios, que brotando alguna raíz
de amargura os estorbe, y por ella muchos sean contaminados.
No sea que haya algún fornicario o profano como Esaú, que por
una sola comida vendió su primogenitura, porque ya sabéis que aún después,
deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad
para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas. Esaú, hermanos, aunque era parte
del pacto en sentido externo, valoró más lo material que lo
espiritual, despreciando así a Dios. Esto es una advertencia,
hermanos, para nosotros. Claro que no aplica para los
verdaderos hijos de Dios. Los creyentes, hermanos, aunque
caigan en pecado, Sienten dolor, no por la pérdida de lo material,
sino porque el pecado los aleja de su Señor. A estos, hermanos,
la gracia de Dios los restaura mediante el arrepentimiento.
Los apóstatas pecan y no sienten remordimiento, no sienten culpa,
siguen en su pecado y son felices. Pero los hijos de Dios, hermanos,
tienen culpa. Y el Señor, hermanos, los levanta,
los restaura. Como leímos hace un momento,
hermanos, en Primera de Juan 1.9, si confesamos nuestros pecados,
Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos
de toda maldad. Hablar de la perseverancia, hermanos,
como dije hace un momento, No es hablar de perfección. No somos
perfectos todavía. Todavía tenemos una lucha diaria
por delante. Nuestra victoria está asegurada
en Cristo, quien nos guarda y quien nos sostiene. Pero estamos llamados
a luchar, hermanos, a esforzarnos y a perseverar sabiendo que Dios
nos preservará hasta el fin. Si somos hijos de Dios, hermanos,
nuestra obediencia debe perseverar también hasta el final. Cuando
hablamos de perseverar, hermanos, queda claro, entonces, que no
nos estamos refiriendo a una perfección absoluta. Como explica
Pablo en Filipenses 3.12, no que lo haya alcanzado ya, ni
que ya sea perfecto, sino que prosigo por ver si logro hacer
aquello para lo cual fui también hacido por Cristo Jesús. El llamado a la perfección, sin
embargo, permanece como la meta final del creyente. Aunque somos
conscientes de que la perfección es inalcanzable en esta vida,
el deseo de cada cristiano es acercarse a ella, lo cual requiere
perseverancia. El Nuevo Testamento, hermanos,
nos exhorta a una transformación moral que implique vivir en una
nueva vida. ¿Cuál es el deseo del verdadero
cristiano? Ser perfecto ante Dios. ¿Lo puede lograr? Es muy difícil
porque todavía estamos en la carne, pero en realidad el cristiano
tiene ese deseo, por eso tiene culpa. Por eso viene el arrepentimiento,
por eso le duele el pecado, porque él quisiera ser perfecto. Pero
como todavía está en la carne, hay caídas todavía, ¿no? En Hebreos 12, 14, hermanos,
vemos que se nos manda a seguir la paz con todos y la santidad
sin la cual nadie verá al Señor. También en Romanos 8.13 dice
Porque si vivís conforme a la carne, moriréis. Mas si por el
Espíritu hacéis morir las sobras de la carne, viviréis. Perseverancia. en la mesa de la Acerca de las cuales os amo honesto,
como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas
no heredarán el reino de Dios. Hermanos, nos está hablando aquí
de perseverar, de que si algún pecado que vemos aquí todavía
está en nosotros, luchar contra ese pecado, porque si todavía
practicamos algunos de estos pecados, como dice el apóstol,
no heredaremos el reino de Dios. A veces, cuando nos enfocamos
exclusivamente en pasajes como estos, Podemos sentirnos tentados,
hermanos, a pensar que si no estamos obedeciendo a la perfección,
entonces no vamos a ser salvos. Recuerdo escuchar a pastores
decir en la iglesia donde asistíamos antes, que decía el pastor, ¿no?
Si tú no estás dando el 100%, entonces no eres un verdadero
hijo de Dios. Si das el 99.9%, tú te vas al
infierno. ¿Se imaginan, hermanos, qué descanso,
qué confianza tendríamos nosotros? ¿Cuándo se iba a alcanzar ese
100%? Nunca. Sin embargo, esa perspectiva,
hermanos, puede ignorar otros textos que completan nuestra
comprensión de la perseverancia y la gracia de Dios. Por ejemplo,
en 1 Juan 3.9 se afirma que todo aquel que es nacido de Dios no
practica el pecado. Es una realidad. Establece este
texto que la nueva naturaleza del creyente rechaza el pecado. Al mismo tiempo, en 1 Juan 1.8
se nos recuerda que si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos
a nosotros mismos. Y finalmente en primera de Juan
dos uno, Juan escribe, hijitos míos, estas cosas os escribo
para que no peguéis, y si alguno hubiera pecado, abogado tenemos
para con el padre, ¿a quién? A Jesucristo el justo. Entonces
vean hermanos ese equilibrio, por un lado, sí, debe ser mejor
cada día, debes aborrecer el pecado, Por otro lado, lamentablemente,
estás en la carne y tienes pecado todavía, y puedes caer en pecado. Pero si caes en pecado, tienes
un abogado delante de Dios, a Jesucristo el justo. ¿Ven, hermanos, cómo
la misma palabra nos exhorta y al mismo tiempo nos anima? Aunque los hijos de Dios odian
el pecado y tienen una nueva naturaleza que los lleva a rechazarlo,
también reconocen su continua lucha contra el pecado. La perseverancia
en la obediencia, hermanos, no implica una vida sin pecado,
sino una vida en la que el pecado no tiene dominio en el cristiano,
porque Dios en su gracia preserva a sus hijos, cuida a sus hijos. Él es quien los mantiene luchando
para que vivan en obediencia a su ley y reflejen de esta manera
el carácter de Dios. Curiosamente, hermanos, La doctrina
de la perseverancia de los santos, que algunos toman como excusa
para vivir en pecado, justificando comportamientos como el alcoholismo
y la inmoralidad bajo la idea de que la salvación no se pierde,
es en realidad una de las doctrinas con más aplicación práctica en
la vida cristiana. ¿Cuántos de nosotros no hemos
escuchado personas que así se expresan? Tú toma, no pasa nada,
la salvación no se pierde. Es que está en este pecado tal
persona, sí, pero pues la salvación no se pierde, no pasa nada. No,
hermanos, esta doctrina en realidad nos está enseñando, hermanos,
que hay mucha aplicación para nuestra vida. No está diseñada
para darnos una licencia para pecar, sino para fortalecer nuestro
compromiso de vivir en obediencia y santidad, reconociendo que
Dios en su gracia nos sostiene y nos preserva hasta el final. Y si somos hijos de Dios, hermanos,
vamos a perseverar hasta el final. Vamos, por favor, a Juan capítulo
10 y vamos a leer del verso 27 al 30. Juan 10 27 al 30. ¿Estamos ahí
hermanos? Dice la palabra de Dios, mis
ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les
doy vida eterna, y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará
de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor
que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.
Yo y el Padre uno somos. La promesa de vida eterna, hermanos,
es clara y absoluta. Si un cristiano pudiera perder
la salvación, esa vida eterna sería en realidad vida temporal. ¿Sí entendemos esta parte hermanos?
¿Qué nos está ofreciendo Dios? Vida eterna. Decir que se pierde, que un cristiano
se puede perder, sería una contradicción hermanos, porque lo que es eterno
no puede perderse ni interrumpirse, porque es eterno y es lo que
nos ha dado Dios, es lo que te ha dado Dios a ti en el momento
en que creíste y te arrepentiste. La noción de perder la vida eterna
convierte a la salvación en un estado inseguro, dependiendo
de nuestros constantes altibajos de arrepentimiento tras cada
pecado. Si esto fuera así, hermanos,
la vida eterna sería como un interruptor que se enciende y
apaga a cada instante. Cada pecado nos haría perder
la salvación. Y cada acto de arrepentimiento
nos devolvería esa salvación. Y suena hasta como, no sé, peco,
pierdo la vida, la vida eterna. Al rato me arrepiento, tengo
otra vez vida, vida eterna. Vuelvo a pecar, pierdo la vida
eterna. No habría sentido en esto. Esta
inseguridad, hermanos, es contraria a la enseñanza bíblica sobre
la salvación como un regalo asegurado en la mano de Dios. Algunos insisten en que Dios
no te va a quitar la salvación, pero tú sí la puedes perder.
Han escuchado ese argumento también, ¿no? Dios no te la va a quitar,
ya te la dio, pero tú sí la puedes perder. Sin embargo, si dependiera
de nosotros, ¿hace cuánto hubiéramos perdido la salvación, hermanos?
¿Hace cuánto? Decía Carlos Spurgeon, si un
hijo de Dios pudiera caer de la gracia, yo caería mil veces
al día, porque así nosotros pecamos hermanos. La seguridad de nuestra
salvación no descansa en nuestra habilidad para mantenernos perfectos,
sino en la promesa y el poder de Dios para preservarnos. A lo largo de mi vida cristiana,
hermanos, he visto como algunos que parecían seguir a Cristo
cayeron y nunca se levantaron. Yo creo que usted también ha
visto, ¿no? A muchos que llegan a la iglesia, dan testimonio por dos, tres meses
o hasta un año, y llegan a caer, ya nunca se levantan. Y viven
ahora en paz con sus pecados. Otros, aunque cayeron, Fueron
restaurados por Dios y como el hijo pródigo regresan humillados
a su padre, reconociendo que la verdadera vida está en el
centro. La disciplina de Dios, hermanos,
es un acto de amor hacia sus hijos, para mantenernos en su
camino. Esto es parte de la perseverancia
de los santos, como dice el Salmo 23, verso 4. Aunque ande en valle
de sombra de muerte, no temere, mano alguno, porque tú estarás
conmigo. Y luego dice, tu vara y tu callado
me infundirán aliento. Gracias a Dios, hermanos, por
su disciplina y por su corrección, que nos alejan del peligro y
nos rescatan del lodo. La vara y el callado de Dios,
hermanos, nos protegen y nos llevan de regreso a Él, incluso
si en el proceso sentimos dolor. Saben que el callado, ¿no?, es
para sacar a las ovejas que a veces caen en zanjas, en hoyos. Y yo les he comentado, ¿no? Algunas las sacan del cuello,
y del cuello las jalan para rescatarlas. ¿Ustedes creen que la pasan bien
las ovejas? ¿No? Entonces, a veces, cuando nosotros
caemos, el Señor llega con su callado, nos saca de ese hoyo,
hermanos, y es doloroso. Pero es necesario, porque de
otra manera nos perderíamos. La vara del Señor, ¿a cuánto
les gusta ser castigados o corregidos? No nos gusta. Pero si el Señor
no nos castigara, hermanos, ¿dónde estaríamos el día de hoy? Hebreos 12.6 lo confirma, porque
el Señor al que ama, disciplina. y azota a todo aquel que recibe
por hijo. Dios, hermanos, en su amor disciplina
a sus hijos para que permanezcan en el camino, para que perseveren. Este cuidado, hermanos, es una
señal de que nuestra salvación no depende de nosotros, sino
de su fidelidad y amor eterno. Vamos a finalizar hermanos con
algunos textos que aparentemente expresan que el Hijo de Dios
puede perder su salvación. Vamos a ver por ejemplo Hebreos
6 capítulo 4 al 6. Hebreos capítulo 6 del verso
4 al verso 6. ¿Estamos ahí? Leo para ustedes,
por favor. Porque es imposible que los que
una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial y fueron hechos
partícipes del Espíritu Santo y asimismo gustaron de la buena
palabra de Dios y los poderes del siglo venidero y recayeron
sean otra vez renovados para arrepentimiento. crucificando
de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a Bitumperio. Este pasaje, hermanos... no significa
que un cristiano auténtico pueda perder su salvación. Y debo aclarar,
yo antes pensaba que se refería a un pagano que viene a la iglesia,
que escucha, que ha sido iluminado, que le gusta la predicación,
pero que nunca ha sido transformado, nunca ha nacido de nuevo, ¿no?
Pero no, hermanos. Por lo que vemos, de acuerdo
al contexto, Se está refiriendo a cristianos verdaderos. En cambio,
lo que vemos aquí, hermanos, es una advertencia. Que si esto
fuera posible, su restauración sería imposible. La advertencia,
hermanos, en este texto es seria y busca inspirar un santo temor
en los hijos de Dios. Aquellos que han sido iluminados,
aquellos que han experimentado el don celestial y han sido hechos
partícipes del Espíritu Santo, si apostatan, no podrían ser
renovados para arrepentimiento. La advertencia está, hermanos.
Recuerden el ejemplo del principio. Hay una advertencia en ese envase
que dice que es peligroso y que si lo ingieres puedes morir inclusive,
¿no? Ahora, si fuéramos dejados a
nuestra suerte, hermanos, ¿qué tiempo habríamos caído? ¿Qué
tiempo habríamos caído? ¿Pero quién está detrás de nosotros?
¿Quién está detrás de nosotros cuidándonos? Recuerden el ejemplo,
¿no? El niño puede agarrar el envase
y la advertencia está, pero el Padre amoroso que lo está vigilando
va a llegar y le va a rebatar ese líquido, ¿no? Nosotros, hermanos,
podemos estar a punto de caer, pero nuestro Padre celestial,
con su vara y su callado, está detrás de nosotros. Obrando,
hermanos, para que sus hijos perseveren. Vea lo que dice a continuación
el escritor de Hebreos, verso 9, ahí mismo en el capítulo 6.
Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de
cosas mejores y que pertenecen a la salvación. Vea cómo lo traduce
la nueva versión internacional. En cuanto a ustedes, queridos
hermanos, aunque nos expresamos así, estamos seguros de que les
espera lo mejor, es decir, lo que atañe a la salvación. La
advertencia está de que si apostatas, Te vas a perder, pero estamos
seguros en el Señor que tu Padre Celestial cuidará de ti porque
has sido llamado a salvación. Si dependiera de nosotros, hermanos,
qué tiempo estuviéramos perdidos, pero nuestro Padre que va detrás
de nosotros nos va cuidando porque hemos sido llamados a la salvación. estas son las Filipenses 2.12 dice, Por tanto,
amados míos, como siempre habéis obedecido, no como en mi presencia
solamente, sino mucho más ahora en mi ausencia, ocupaos en vuestra
salvación con temor y temblor. Han escuchado este texto, no?
Y es ocupado por muchos hermanos para decir, conclusión, la salvación
se puede perder. Ahí dice, Ocúpate en tu salvación
con temor y temblor, porque la puedes perder. Pero ese texto
no dice eso. Esta instrucción que vemos aquí,
hermanos, no implica que los creyentes puedan perder su salvación,
sino que deben vivir de manera digna de ella, con un sentido
de responsabilidad y humildad ante Dios. El temor y temblor
aquí refleja una actitud de respeto y reverencia hacia la santidad
y majestad de Dios, reconociendo que Él es quien obra en sus vidas. ¿Usted cuida hermano su salvación
con temor y temblor? Claro que sí, así debe de ser.
Eso no quiere decir que un día vamos a caer de la gracia si
no la cuidamos, sino que es una advertencia que el Señor nos
hace para que, pues, nos ocupemos en esta vida nueva que tenemos
ahora en él. Y termino con esto, hermanos.
Si un cristiano pudiera caer de la gracia, esto implicaría
un gran fracaso para Dios. Algo que incluso al decirlo inspira
temor. afirmar que un verdadero creyente
podría perderse significaría que aquellos que el Padre quiso
salvar finalmente no pudieron ser salvos. ¿Sí? ¿Sí entiende
esta parte hermano? Si un cristiano pudiera caer
de la gracia, sugeriría que la obra de Cristo fue incompleta,
que no fue capaz de limpiar todos los pecados, y que alguno quedó
sin redimir, condenando así al creyente. Además, esto también
implicaría que el Espíritu Santo fracasó, pues aunque dio vida
a la persona, no pudo mantenerla en esa vida espiritual hasta
el final. Peor aún, si alguien pudiera
perder su salvación, sería una victoria de Satanás sobre Dios,
demostrando que sus intentos lograron arrancar de las manos
del padre a un hijo suyo. ¿Se ha puesto a pensar en esto,
hermano? Pero sabemos que esto no es así. La obra de Dios para
la salvación es una victoria completa, perfecta, eficaz, irresistible
y eterna. La salvación no depende de nuestra
capacidad para mantenernos firmes, sino de la fidelidad de Dios
para preservar a sus hijos. El Padre asegura que aquellos
a quienes ha llamado llegarán hasta el fin. El Hijo ha asegurado
la redención completa de sus ovejas. Y el Espíritu Santo,
quien da la vida, es fiel para preservarla en nosotros hasta
el día final. Esta obra trinitaria de Dios
es nuestra garantía de salvación eterna. Como dice el apóstol
Pablo en Romanos 8, 38 y 39, por lo cual estoy seguro de que
ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades,
ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni
ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios
que es en Cristo Jesús, Señor nuestro. Que así sea, hermanos.
Vamos a orar al Señor. Padre nuestro, que estás en el
cielo, la tierra y en todo lugar, le damos gracias, Padre, por
habernos permitido estudiar en estas semanas, Señor, las doctrinas
de la gracia. Gracias, Padre, por recordarnos
nuevamente que la salvación viene de ti, que la salvación es tuya,
Padre, y no de nosotros. Padre Santo gracias Señor por
esta doctrina que en lo personal trajo mucha paz a mi vida Señor
y ahora Padre que la conocemos un poco más Señor nos anima A
perseverar, Señor, sabiendo que Tú vas detrás de nosotros, Señor,
amonestándonos, animándonos, corrigiéndonos, castigándonos
si es necesario, Padre, para que permanezcamos y tenemos la
seguridad, Dios eterno, de que llegaremos hasta el final, Señor. Padre Santo, bendice a Tu Iglesia,
Dios Eterno. Padre, que estas advertencias
que hemos visto, Señor, que infundan un temor reverente en nosotros
para cuidar nuestra salvación, Señor, que podamos caer, Señor,
de la gracia. Señor, sino porque es necesario
que nosotros nos esforcemos, Padre Celestial, como una evidencia,
Señor, de que Tú nos has salvado, que Tú nos has restaurado, Padre. No permita, Señor, que permanezcamos
pasivos, sino que hagamos lo que nos toca hacer, Señor, que
seamos responsables en lo que nos... lo que tú nos has mandado,
Padre, que luchemos contra el pecado, que perseveremos, Señor,
en todo, en los asuntos espirituales, en leer tu palabra, en orar,
Padre, en luchar contra el pecado, Dios bendito. Ayúdanos, Padre
santo. Te damos gracias, Dios eterno,
por permitirnos escuchar tu palabra, Señor. Te damos gracias en el
nombre de Cristo Jesús, nuestro Salvador amado. Amén.
Perseverancia de los santos
Series Doctrinas de la Gracia
La perseverancia de los santos asegura que todos los elegidos por Dios perseverarán en la fe hasta el final. Esta seguridad depende únicamente del poder de Dios, pero también conlleva el llamado a vivir en santidad.
| Sermon ID | 1120242111266900 |
| Duration | 43:35 |
| Date | |
| Category | Sunday Service |
| Bible Text | Philippians 1:6 |
| Language | Spanish |
Documents
Add a Comment
Comments
No Comments
© Copyright
2026 SermonAudio.